27 dic. 2006

Al Gore y Nicolas Hulot. Por una conciencia ecológica


Para los que estéis interesados en las cuestiones de la ecología y el problema del riesgo del agotamiento de los recursos naturales del planeta Tierra, os recomiendo ver la película que Al Gore ha realizado, Una verdad incómoda. En ella, el una vez candidato para la presidencia de EEUU (2000) en la oposición a George Bush, va dando una visión, a través de una conferencia muy llevadera, de cuáles son los problemas ecológicos fundamentales del momento, siguiendo un canon expositivo muy comprensible para todo tipo de público, y siempre representando y ejemplificando cada paso con dibujos o esquemas comprensibles para todo tipo de usuario. Esta película-documental constituye una buena forma de adentrarse en las cuestiones de la ecología.
Para los que deseen profundizar más, el penúltimo número de Le Nouvel Observateur, de la semana del 14 al 20 de diciembre, ha sido dirigido por Nicolas Hulot, uno de los nuevos conocedores de la cuestión ecologista en Francia, y que ha pasado gran parte de su vida viviendo en la Antártida. Todo el número trata sobre cuestiones de la ecología, desde un punto de vista más erudito que el de Al Gore.
Ambos documentos son esenciales para una educación ecológica básica, que hoy día deberíamos todos tener, y que deberíamos transmitir a las nuevas generaciones.

25 dic. 2006

Volviste

En ocasiones no nos damos cuenta de cuán valiosa e importante es una persona en nuestra vida hasta que no la perdemos. Y entonces sentimos el vacío de su presencia, y todas las fuerzas de las emociones del azaroso latido del corazón que se dirigían hacia ella, cambian de rumbo, se dispersan en un viaje lleno de una sed inefable por conseguir de nuevo ciertas cosas, ciertas acciones, ciertos momentos que formaban ya parte de nosotros mismos. Y en un baile de máscaras se camina de puntillas creando en cada mínima cosa un paraíso fragmentado. Y quizás todas esas nuevas danzas no sean reconocidas como producto de esa pérdida, y quizás cuando vuelve a aparecer la persona, después de tantos años, es cuando nos damos cuenta de cuán alejado estaba el ritmo en ese baile de máscaras. Quizás la vida se mueve por la inquietud ante las personas que se van perdiendo en el camino, y es tan sólo esa pérdida la que nos permite encontrar otras personas, que volveremos más tarde a perder, para encontrar a otras. Cada vez con una sed más poderosa, que nos hace seguir viviendo con mayor intensidad. La vida humana es la construcción de un desierto cada vez mayor en el que se van creando pequeños oasis, que son los grandes paraísos del día a día.

16 dic. 2006

Por Turquía


Para los que no la hayan visto, merece la pena la película El señor Ibrahim y las flores del Corán de François Dupeyron, inspirada en la novela de Eric-Emmanuel Schmitt. Un lugar en el que se encuentran dos vidas, la de un señor mayor con la de un adolescente en uno de los barrios más bellos de París. Algunos paseos por la ciudad, muchísimos por sus afueras, donde se encuentra la realidad que se trata de esconder con la limpieza extrema del centro histórico. Y un pequeño viaje lleno de paisajes, de vida, de sueños: Turquía. Cuando al fondo, en el atardecer, sobre el horizonte de Istambul se escuchan los cantos de la llamada al rezo desde la Mezquita Azul, el corazón se llena de sentimientos como un haz incandescente que explota o implota en recuerdos que son de los sentidos, de las sensaciones, de la experiencia, del amor y el sueño.

12 dic. 2006

Cómo viajar sin moverse de casa


Uno de los placeres mayores para el viajero, cuando no son épocas de viajar física, corporalmente, es coger uno de los tantos libros que nos ofrece la literatura de viajes, y un Atlas del Mundo, a ser posible virtual de una enciclopedia en el ordenador, para poder manejarse con rapidez, e ir caminando los pasos del viajero por el mundo.
Estos días están acompañados del viaje que Gustave Flaubert y Maxime du Camp hicieron desde París, pasando por Egipto, Palestina, Líbano, Constantinopla, Grecia e Italia. Es maravilloso hacer con ellos el crucero por el Nilo con la enciclopedia, viendo todos los lugares, las ruinas, los recuerdos de las vivencias de Flaubert sobre el pasado de la historia.
Uno de mis sueños ahora es hacer ese crucero por el Nilo, seguir los pasos de ambos. Podría ser una idea fantástica, para quien desee apuntarse.
Para los que les interese este viaje, existe una traducción castellana en Cátedra, colección Letras Universales: Gustave Flaubert, Viaje a Oriente.

10 dic. 2006

Paseos por Lisboa


Hace tanto tiempo que no escribo en este blog, y tantas cosas han pasado que han impactado, cambiado tanto el interior como el exterior, que no soy capaz de resumirlas acá, ni tan siquiera merecería la pena relatarlas. Son una vivencia interna del secreto de lo íntimo en la autobiografía, del que hablaba Carlos Castilla del Pino.
Y sin embargo ahora existe algo que me ha despertado de nuevo a lo social, un ímpetu que desearía compartir con los amigos, que me hace dejar la vida de egoísta que he tenido este tiempo. El viaje que he hecho a Lisboa recientemente ha marcado con una huella imborrable la memoria del cuerpo. Y así se acusa un cansancio incomparable, indescriptible, lleno de pequeños dolores que son rumores, síntomas, manifiestos de lo que se lleva dentro, y con los que se convive en el día a día. No sabía que en una ciudad pudiese sentirse tanto el carácter, vivirlo internamente, y Lisboa sabe a Mar, sabe a viaje, sabe a recuerdos, sabe a saudade. Sabe a todos los navegantes, sabe a nao, sabe al ímpetu de la libertad que da la desembocadura del río Tajo al unirse con el Atlántico, sabe a ese perfume que, paseando por Belem siguiendo la dirección del mar, desde donde salían las naves, puede sentirse, se siente, de repente, en el instante en el que el agua salada domina ya sobre la cantidad de agua dulce.
Existe un café, A Brasileira, que es fantástico, con todos esos espejos al estilo del Folies-Bergère, en los que se siente el burgués que conquista y apasiona a la Suzot que pintaba Manet. Todas las maderas, la terraza, los nombres de Pessoa, y estar tan cerca de la estatua del escritor, sentarse junto a él, en la misma mesa, dibujar un homenaje a esa persona que, con todos sus personajes, tanto conquistó el corazón cuando era adolescente.
Y el castillo de San Jorge, ver desde allá cómo el sol va cayendo sobre la ciudad, en el horizonte del río que va llegando a la madurez de mar. Esos colores marrones del castillo casi derruido por el terremoto de 1755 dan al reflejo de la luz de ese sol del atardecer un color precioso que se instala en la mirada, que habita en ella, y que da a Lisboa un nuevo carácter, una nueva visión, un nuevo nombre, como los tantos de Pessoa, que sabe a melancolía, a ese tipo de melancolía portuguesa que nombra lo que se soñó y nunca se tuvo, ni tampoco se podrá tener. Así son los fados, tan tristes como el alma de Saturno.