
Noa Noa caminaba por la orilla de aquel río, dedicando de vez cuando, con un pequeño gesto de su pié, alguna caricia al agua dulce que corría, sintiendo entusiasmada cómo a veces los inmensos salmones de Tahití acariciaban su piel. Con sus ojos abiertos por la curiosidad, como aquella de las figuras femeninas egipcias, giraba su rostro mirando cómo Paul Gauguin tallaba el pórtico de su pequeña cabaña cercana a la playa.
Paul inspiraba las formas del cuerpo de las mujeres de madera en el cuerpo de Noa Noa, y esculpía, día tras día, desde el amanecer, rodeado de los libros de Aristóteles cada vez que con su mano erguía de nuevo el cincel para hacer salir de entre las marcas de vejez de aquellos troncos la forma exacta del ombligo de Noa Noa.
Y Noa Noa corría y correteaba desgastando todos los rincones, a la búsqueda de esa nueva hoja de ese nuevo color que le faltaba por observar. En su cuaderno lo iba anotando todo, sí, era observadora, naturalista, y se preguntaba cada una de las preguntas que pueden plantear las posibilidades del lenguaje. También dormía junto a los libros de Aristóteles. Ella tenía la techné de la que Paul hacía uso en su escultura cuando creaba nuevas formas con las ya existentes, como cuando dedicaba cada segundo a hacer con cada hoja una nueva figura de papiroflexia, aquella techné que guiaba la mano de Gauguin cuando alcanzaba un pincel y un poco de óleo de su paleta, sin embargo ella acariciaba algo más que iba aprendiendo cada día, y aquello era lo que fascinaba, su sed de conocimientos nuevos la hacía beber imperturbable todo el agua de sus manos, sin dejar que una sola gota se escurriese entre sus dedos, sin dejar una que no fuese absorbida, y que no la hiciese crecer un poco más por dentro. Ella tenía lo inefable, aquello que ni siquiera los trazos de Van Gogh pudieron llegar a cincelar en su escultórica pintura.












