Sí, los sueños me producen a veces terror. Es como un terror nocturno infantil. En ellos aparecen cosas a veces tan terribles: monstruos, paisajes de lava volcánica... Pero lo que más terror me da son las personas que en ocasiones aparecen. Seres deformados moralmente, gente que descabeza gatos, toreros que matan por placer, seres miserables. Desde hace apenas una semana he decidido dormir con mi espada de Tai Chi de madera cerca. No sé qué tiene, pero desde que apareció en la mesilla siento que podré luchar contra esos seres en los sueños. De momento no he tenido más que bellos sueños sexuales desde entonces -que yo recuerde-. Pero intuyo que la seguridad de tenerla cerca me hará poder luchar contra la monstruosidad del inconsciente.
Hay momentos en la vida en los que un estímulo, por pequeño que sea, desencadena una gran motivación. Así me encuentro ahora. Una simple mirada es capaz de mojarme todas las bragas o dejarme más seca que los bancales de Almería. Vamos a poner un nombre psicofilotántrico a esto: Sensibilidad.
Yo no voy a ser como aquellos. No voy a ser la mujer encerrada en caparazones de tortuga construidos de tristeza de experiencia negada. No voy a ser la dama de hierro, la que disimula sentimientos. No voy a ser la que moraliza, la que condiciona Pavlovs. Ni la que construye discursos de personalidad racionales para tranquilizar su conciencia. Tampoco voy a ser la gatita, ni la perra, ni el canario enjaulado de nadie. Yo quiero ser como esas pocas. Esa mujer salvaje, transparente, desnuda. La que actúa con las entrañas y el corazón. La que vive los azotes y la tristeza, los duelos, la felicidad, sin raciocinio, repito SIN RACIOCINIO. No quiero geografías. No quiero discursos de así debe hacerse, esto es así, esto es asá y blablabla. No quiero ser como aquellos dominantes, la mayoría de los que ostentan el poder, real, ficticio, para gobernar a otros porque no aceptaron no poder gobernarse a sí mismos. Sobre mi cuerpo, mi conciencia y mis sentimientos decidimos yo y las personas a las que amo.
Ayer estuve en la presentación de esta novela en Elche. La novela me impactó, me fascinó. Trata un poco la vida del barrio del Raval. Sin tapujos, mostrando la realidad como es, tan mierda y adorable a un tiempo. Un libro en el que cada tema se trata de forma transparente y natural.
Pero todavía más que el libro me gustó escuchar a Brigitte Vasallo, la autora, en directo. Una persona íntegra, humana, emocional, vivida, recorrida. Una persona que aborda cada tema con una lucidez y múltiples perspectivas. Un pequeño y delicado monstruito maravilloso. Hoy repito en Alicante.
Aquí les dejo un poema que nos sugirió la presentación. Susy Shock: "Reivindico mi derecho a ser un monstruo... Y que otros sean lo normal".
Yo, ¡yo pobre mortal! Equidistante de todo.
Yo, DNI 20598061. Yo, primer hijo de la madre que después fui, vieja luna de
esta escuela de los suplicios, amazona de mi deseo, perra en celo de mi sueño
rojo. Yo reivindico mi derecho a ser un monstruo, ni varón, ni mujer ni XXY
ni H2O. Yo, monstruo de mi deseo, carne de cada
una de mis pinceladas, lienzo azul de mi cuerpo , pintora de mi andar, no
quiero más títulos que encajar, no quiero más cargos ni casilleros, ni el
nombre justo que me reserve ninguna ciencia. Yo, mariposa ajena a la modernidad
a la posmodernidad a la Normalidad oblicua, silvestre, vizca, artesanal, poeta
de la barbarie con el humus de mi cantar con el arcoiris de mi cantar y con mi
aleteo reivindico mi derecho a ser un monstruo Y QUE OTROS SEAN LO NORMAL. Que
el Vaticano normal, el credo en Dios y en la Virgisima normal, los pastores y
los rebaños de lo Normal, el Honorable Congreso de las Leyes de lo Normal. Yo sólo
llevo las prendas de mis cerillas, el rostro de mi mirar, el tacto de lo
escuchado y el gesto avispa de besar y tendré una teta obscena de la luna más
perra en mi cintura, y el pene erecto de las guarritas alondras y siete
lunares, setenta y siete lunares, ¡qué digo! setecientos setenta y siete
lunares de mi endiablada señal de crear mi bella monstruosidad, mi ejercicio de
inventora de ramera de las torcazas, mi ser yo, mi ser yo entre tanto parecido,
entre tanto domesticado entre tanto metido de los pelos en algo, otro nuevo
título que cargar, baño de damas o caballero, nuevos rincones para inventar. Yo
transpirada, mojada, nauseabunda, gérmen de la aurora encantada de la que no
pide más permiso y está rabiosa de luces mayas, luces épicas, luces parias,
menstruales, marlenes, dianasacayanes, sin biblias sin tablas sin geografías
sin nada, solo mi derecho vital a ser un monstruo o como me llame o como me
salga como me pueda el deseo y la fucking ganas. Mi derecho a explorarme, a
reinventarme, hacer de mi mutar mi noble ejercicio, veranearme, otoñarme,
invernarme las hormanas, las ideas, las cachas toda el Alma. Amén.
No me conozco, no me conocen. "¡Eres humana, Nieves!" "¡Me siento extraña porque siempre eres tú la que escuchas mi dolor y tú nunca hablaste del tuyo!" Por primera vez en mi vida expreso mi dolor, así, verbalmente, cara a cara. Por primera vez venzo esa barrera en la que dejo de tener miedo a hablar de lo profundo del alma por parecer débil. En esa profundidad del alma se encuentra lo que somos. Esas alegrías, tristezas, preocupaciones, miedos. Somos todo eso. ¿Cómo se siente una después de hablar también del dolor? ¿Cómo se siente una cuando lo expresa, en vez de vivirlo en la más pura intimidad? ¿Cuando deja de ser la que no habla y se encierra en el cuarto, porque en el fondo no desea ser vista dolida? Arrullada, comprendida, rodeada de personas de muchísima más calidad humana, sorprendida por la calidad humana de personas tanto tiempo conocidas. Como si se abriera la relación a la comprensión de ser a ser. ¡Qué descubrimiento!
No hay mayor aliento en esta vida que saber que están luchando, que cada cual está luchando: contra los miedos, contra la muerte, por lo común, por las ideas, por el amor, por la justicia, por el entendimiento, por sacar adelante otras vidas... Con sus heridas, con sus cicatrices, cada uno tiene al menos una lucha.
Ahí, donde el silencio no alcanza a escuchar. Ahí se aloja el clamor del verbo. Cuando el dar palabra evita brotar lo indecible. Cuando nombrar es sinónimo de cegarse ante lo innombrable. El lenguaje pretende ser medio de comunicación. Cuando en su transfondo no es más que instrumento tranquilizador de la conciencia. En el momento en que brota el concepto que acota y clasifica, lo inefable queda soterrado, disfrazado. Así, las máscaras impiden la comunicación desde el alma. La primera palabra abrió paso al baile de malentendidos. Baile que nos obcecamos en seguir metanombrando como comunicación humana.
Una de las cosas que más me aterra de la vida adulta es el miedo a dejarse sentir. Dejarse sentir es ser irracional y, por tanto, no controlar. La vida adulta se construye en base al deseo de control, de previsión de cada situación, de cada comportamiento. Es una sostenida calma que quizás en un mundo cambiante e imprevisible pueda llegar a ser en un momento determinado como un paraíso. Sin embargo, no es más que un constructo que nos aisla de los estímulos del exterior, es decir, nos centra en un yo solipsista cerrado al aprendizaje. Esa es una de las diferencias básicas entre el niño y el adulto. El niño está abierto al mundo. No le importa caerse y herirse con tal de vivir y aprender. El adulto, sin embargo, de la vivencia solo piensa no ya en la herida, sino en la posibilidad remota de existencia de la misma. Y la herida se hace como un fantasma gigante que le invade y no le deja correr libre a intentar cazar mariposas en un campo de piedras recorrido con la fuerte y frágil bicicleta de su cuerpo.
Revivir el mundo mágico, soterrado tras la infancia. Revivir la vida marcada por el instinto, la emoción. Con la sabiduría de un semiadulto y la franqueza de un seminiño. Ese mundo de los sentimientos, desnudo y precario a un tiempo. Azotado y arrullado. Llega el rojo, el rojo del verano. El rojo de un verano de la vida que alcanza con fortaleza. La pasión marca su hito irresistible. La pasión y el deseo pasionado de pasión. Y se abren los ojos en una ciudad ciega a la pasión y ciega de pasión a un tiempo. Los sonrosados rojos de la tarde. Ese bolígrafo rojo con el que se corrige. El deseo de teñir de rojo cada palmera, de traer los rojos romanos o los rojos republicanos, esos rojos de la fraternidad francesa. Los rojos que marcaron la vida. La sangre a borbotones de corazón y meridianos. Como si los años hubieran y no sido en balde. Dejamos de ser cabeza. El corazón brota de fuego.
Realmente podría pasarme la vida vagando sin rumbo siguiendo aquello que me place. Sin embargo, misteriosamente uno acaba amando la rutina. Quizás porque uno acaba amando lo que no puede ser de otra forma más que como es.
La línea que dibuja el sol de la tarde sobre tu cintura desnuda al viento de la primavera. Ese perfume de ropa limpia que invade el hogar. Una pelusa, las pisadas húmedas, los restos de humo de un cigarro de amor. Es real, es efectivo, han llegado los gnomos traviesos de las vacaciones. Me han abierto de lleno al mundo cual niña pelirroja.
Soy una persona agua. El agua para la medicina china tradicional está asociada al invierno, su órgano principal son los riñones y su emoción cuando está en exceso es el miedo. Si algo ha regido mi vida desde que tengo conciencia es ese reconocimiento del miedo y esa lucha constante contra el mismo. Aparentemente puedo resultar una persona valiente. Mis actos lo dicen. Soy capaz de vivir en países que dan miedo, viajar sola, introducirme en circunstancias emocionales pavorosas... Sin embargo, nunca nada de todo ello lo he hecho por valentía. Sino desde la base de ese reconocimiento del miedo y esa lucha contra el mismo para que no me desborde. Es decir, todo lo he hecho porque soy una cobarde y porque, estando eso en mí y aceptándolo, no deseo que la cobardía me acobarde. Eso me ha llevado a poder conocer países maravillosos que no hubiera conocido si hubiera escuchado mi miedo, amar a personas maravillosas y tener relaciones con ellas que desde mi vivencia han sido muy positivas y que nunca hubiera tenido si hubiera escuchado mi miedo.
El agua apaga al fuego. Por ello, he sido capaz en el fondo de vivir con pasión lo que me apabulla, entregarme a ello -no sin sus idas y venidas-. Decirles que es posible vivir con miedo y hacer las cosas que nos asustan. Me siento orgullosa del camino que hasta ahora he recorrido. Les animo a que no escondan el miedo. Escúchenlo y pónganlo frente a un espejo.
Dejarse, dejarse abrir, darse. Destapar, descubrir, admirar. Salvaje naturaleza de cuerpos en lento movimiento. Dejarse abrir es descubrir al otro, es descubrirse.