
Teresita volvió al colegio en un día de septiembre. Sabía que este año le costaría especialmente, porque le dijeron que ya había superado los niveles educativos más fáciles, y que ahora vendría lo complejo al entrar al instituto. Y ella, sacando la lengua, juguetona, hacía pedorretas mientras caminaba hacia las clases. Estaba muy feliz con su cartera nueva y sabía que conocería nuevos tucanes para hacer la revolución. Abrió la puerta, pasó a sus clases, se colocó en el lugar donde más se le veía (y eso que solía pasar desapercibida por ser una pequeña lagartija sigilosa), y comenzó a charlar de todo con todo el mundo. ¡Qué curioso!, pensó Teresita, ¿cómo podía haber tantos tucanes allí reunidos, grandes personajes de la rebelión, y excelsos revolucionarios?, ¿y cómo podían estos tucanes ser tan especialmente extraños? Teresita antes sólo había conocido a los tucanes mayores, a esos que ya saben qué hacer en la vida para hacer la revolución. Sin embargo ahora, Teresita, desde que entró al instituto, conoció a esos pequeños tucancitos monstruitos que tenían tan impregnado el gen de la revolución, que la hacían por todos los motivos habidos y por haber. Y Teresita se asustaba a veces de ver tanta rebelión junta, pero sin embargo sabía que contándoles todas las historias de los Tucanes grandes, y las revoluciones que éstos habían hecho, podría ayudar a que esos genes de la revolución tan a flor de piel de los tucancitos monstruitos se conservasen en algunos de ellos en el futuro para hacerlos las maravillosas personas que los Tucanes pueden ser.
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