2 may. 2016

Fragmentos utópicos XVII



Acompañar

Acompañar es un grado que va más allá del cuidado. Cuando alguien padece una enfermedad grave, necesita cuidados, es evidente, porque necesita a alguien que esté haciendo las cosas que esa persona no puede ya realizar. Tareas que en un estado de salud normal nos parecen tan nimias, que las realizamos casi inconscientemente, pero que acaban por convertirse en grandes metas a cumplir cuando estamos enfermos.
Sin embargo, uno puede recibir cuidados y sentirse profundamente solo. Es decir, puede recibir lo que necesita para sobrevivir, pero no sentirse acompañado en su proceso.
En la sociedad occidental tenemos descuidado el concepto de acompañamiento, aunque cada vez se va introduciendo más el término. El cuidado puede ser suplido por cualquier persona con la que uno pueda realizar un intercambio de capitales. Esto es, puedo contratar a alguien que me ayude a completar esas tareas básicas que ya no puedo realizar si estoy enfermo. Pero el acompañamiento necesita un grado de implicación emocional y espiritual. Se trata de hacer sentir que el enfermo no está solo, que tiene todo el apoyo en su proceso. Se trata de brindarle una cobertura de esas esferas que nuestro niño interior siempre ha necesitado: la seguridad, el sentirse protegido y querido.
El acompañamiento también puede ser una ardua tarea psicológicamente para quien la ejerce, ya que existen tantos tipos de enfermos como de personas. Y también porque la enfermedad puede producir cambios de carácter o de humor en la persona que la sufre. Si el acompañante es alguien de la familia, además tiene que lidiar con los cambios de roles que se producen dentro de la misma y con las reacciones que cada cual tiene a esos cambios de roles. Es por eso que la mejor de las suertes de un acompañante es alguien que también le acompañe en el proceso. Y también es importante para poder estar ahí con el corazón pensar que son situaciones transitorias, como todo en esta vida. Disfrutémosla.

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