29 jul. 2020

Tránsito


A veces me pregunto el momento en el que sucede algo. Hay cosas evidentes, como el momento en que sube la fiebre. Son sucesos agudos identificables. Pero ¿qué hay del tiempo en proceso? En qué momento se pasó de que me amases a dejases de amarme. En qué instante rechazaste el contacto con mi cuerpo. Repasando fotos, buscando el tiempo preciso del cambio, no es identificable. Es un tránsito. Y eso es lo difícil de comprender en la mente humana, que pobremente busca una explicación concreta y simple, cuando el tiempo mesurado no existe en la naturaleza. Somos un pasar sin tiempo geométrico. 

5 jul. 2020

Tempus fugit



Mañana es el aniversario de nacimiento de Frida Kahlo. Hoy, paseando por las calas de Águilas, se veían muchos peces. Peces de colores. Qué inmensa paz da el océano. Te enfrenta a la humanidad y sus sentimientos encontrados. Melancolía y felicidad. Un viaje hermoso en compañía, el presente, un cerebro que vive recuerdos, el pasado. Los deseos, el futuro. El anhelo de muerte y eternidad. Lo que aparece en la vida y lo que dejamos atrás. Lo que aparece hermoso sin esperarlo, como tu mirada incandescente, o aquello que se va sin desearlo, como aquellos vínculos familiares. Lo que aparece y no deseamos, como las corrientes heladas del océano y lo que se fue y deseábamos que partiera, como la enfermedad. Y, en el medio de todo, ese ser humano que vive, acumula, suelta, nace y envejece. Tempus fugit. 

10 jun. 2020

Frammenti diffusi


Tu cuerpo

El perfume de tu piel es un viaje a las aladas cumbres desde las que se visualizan nuevos paisajes. Son salvoconductos asiáticos, monumentos romanos. Todo aquello que sueñan mis ojos, cuando se cierran para tan solo sentir ese perfume de tu piel. 

5 may. 2020

Rituales del fuego en dos culturas milenarias como modo de vida ante las circunstancias límite: Japón y España

 

En cada cultura existen rituales asociados en torno al fuego. Y cada una posee en cierta medida una relación con una tradición sobre un dios o diosa relacionado con tal elemento.
Quería traer aquí dos culturas que, por cercanía afectiva, me resultan curiosas. Y la curiosidad procede precisamente de la coincidencia en la base de lo que es conceptualmente el fuego y sus rituales.

En la cultura grecorromana existe una figura muy interesante: el ave Fénix, que, desde mi punto de vista, muy simplistamente se le ha asociado con la resiliencia, dado que el ave Fénix no presentaba capacidad de superar cuestiones traumáticas de un modo pasivo, sino que era un ser activo en su renovación.
El mito del ave Fénix se piensa que pasó de la cultura egipcia a la griega a través del relato de Herodoto. En él, el ave Fénix, para trasladar el cadáver de su padre al templo del Sol, construye un huevo gigante en el que pueda caber. Tras realizar la hazaña arquitectónica, lo coge, se acerca al templo y él mismo arde abrasado por las llamas. Es ahí, pues, que el ave Fénix renace. Esto sucede cada 500 años. Es, por tanto, un proceso cíclico.
La cultura cristiana, tomando los rituales paganos anteriores, celebra la noche del 23 al 24 de junio el día de San Juan en un ritual que en muchos lugares está asociado al fuego. Este ritual por un lado procede de la celebración del solsticio de verano, es decir, de la celebración de la llegada máxima del sol en el hemisferio norte. Y, por otro, está asociada a la quema de todo aquello viejo que se desea dejar atrás. Se trata de una renovación cíclica anual.

Si nos acercamos a la cultura japonesa, tenemos, por un lado, el dios del fuego, Kagutsuchi. Este es uno de los dioses fundamentales y primigenios en la mitología sintoísta. Nació de la relación de los dos primeros dioses, Izanagi e Izanami. Y se le caracteriza por varias cosas. En primer lugar, porque de su nacimiento surgió la muerte. Y es que, como su naturaleza era fuego, mató a su madre Izanami en el parto, quemando sus genitales. Tal ira provocó en su padre, Izanagi, que lo mató con una espada, de cuya sangre surgieron otros tantos dioses. Es conocido también porque, con su nacimiento, finaliza la creación del mundo y, como se ha apuntado anteriormente, se alberga en él mismo la muerte.
La cultura japonesa tiene un ritual en torno al fuego parecido a nuestra cultura. Se llama el Hi Matsuri. En él, cada personas escribe en unas tablillas todo aquello que se quiere dejar atrás y se queman conjuntamente en una hoguera. 

De todo ello podemos sacar varios denominadores comunes: El fuego está asociado a la destrucción. El fuego está asociado a la reconstrucción. El fuego está asociado a la renovación. El fuego puede ser dañino, destructivo, pero de su naturaleza surgen nuevas cosas. El proceso de renovación vital del fuego es cíclico. 

En circunstancias límite psicológicas, mucho se ha hablado de la contención estoicista, de la meditación budista o de la gestión de las emociones -palabra desde mi punto de vista bastante vacía, por cierto, en tanto que la psicología la asocia también a la contención, sublimación o disociación de la emoción, no a la expresión de la misma-. Sin embargo, en circunstancias límite psicológicas poco se ha hablado del fuego y de lo útil que resulta para reconstruirse.

Bien es cierto que en ocasiones es más útil la contención, sin embargo, no hay que desdeñar la utilidad de la quema de lo viejo y lo inservible para poder seguir adelante. Cuando un ser muta rápidamente debido a una serie de circunstancias ajenas, deshacerse de lo que no va con ese ser, destruirlo, puede ser un buen camino para comenzar de nuevo.



28 abr. 2020

Me hubiera gustado



Me hubiera gustado, en esta época, tener cerca personas con más arrojo en la vida, con más rebeldía. Personas que no se dejan poner el yugo, ni se seducen por emociones lastimeras. Personas sin tantos miedos, que no sucumben a la manipulación de los medios de comunicación y la política de un régimen. Personas con criterio y defensa de un sentido común propios. Me hubiera gustado, porque, de tenerlas cerca, se hubiese podido compartir una sororidad profunda a nivel también de contacto físico. Hubiera estado bien.
Doy gracias al menos que conozco personas que, aunque desde la lejanía kilométrica, nos hemos acompañado en el proceso. Sin esas personas, el mundo estaría lleno de seres como los que veo alrededor cada día. Seres que caminan, como en The Wall de Pink Floyd, cual carne humana, hacia una trituradora.

Comprendo que cada uno hace lo que puede.

Las situaciones límite nos clarifican quiénes vibramos en el mismo latido.

27 abr. 2020

Una vida no deseada



Cercana a la locura. Entonces puedo comprender cómo la mente es capaz de desconectarse de la realidad. Anestesiada, empatizo con todas aquellas personas que viven el encierro en soledad. Y me pregunto cómo debe ser vivirlo en soledad con cierta edad. De muchos colectivos se habla, padres con hijos, enfermos mentales, ancianos, pero no se habla de la soledad en Europa, de todas aquellas vidas a las que la socialización se ha visto truncada por el encierro. La falta de afectos en casa supone la ausencia de una de las necesidades más básicas. Entonces ya todo poco importa. Ni las multas, ni los toques de atención, porque mendigar afecto se convierte en la lucha diaria. Ojalá existiera un botón de pausa, pero la realidad es que cada día que me levanto es cada vez un mayor esfuerzo por vivir una lucha en contra de una vida no deseada, en la que lo mínimo que me puede pasar es vivir enfadada. 

20 abr. 2020

Ser libre

Imagen Susana Pacheco Martínez

Una es libre cuando decirse hacerse libre, porque incluso en la prisión puede adquirirse libertad. 
Mi sangre es libre. Mi pensamiento es libre.
Siempre puede haber una cárcel mayor. Quién sabe lo que nos depare este totalitarismo. Por el momento hoy decido ante mi conciencia hacerme libre, abandonar mi condición de ser manso. Y, en el silencio, como un felino sigiloso, nadie puede seguir mis pasos, porque ya mi volición es libre y dejo mi cuerpo hacerse libre. Libre sobre todo de amar a esas maravillosas personas rebeldes. 

17 abr. 2020

Arriesgar a vivir



Arriesgar a vivir. Eso es lo que hemos hecho hasta ahora, estos años, antes de que se llenasen los medios de comunicación y redes sociales sobre Coronavirus y vaticinios fatalistas de futuro al estilo Nostradamus.
Vivir una vida digna es arriesgarse a vivir. Puedo vivir una vida basada en la supervivencia cuyo único objetivo sea procurarme el escenario de una muerte lejana. Vivir tapado, con gafas, mascarillas biónicas, guantes, sin salir de casa, sin abrir ventanas, rechazando a los otros. Sin embargo, voy a morir igualmente. Arriesgarse a vivir es vivir, porque es aceptar ser parte de la naturaleza y exponerse a ella. Como hemos venido haciendo en la historia, dejando que virus nos penetraran en el organismo y confiando en nuestro cuerpo y su capacidad de supervivencia. Y, sí, arriesgándonos también a morir. En suma, no pensar si me estoy infectando, sino vivir, simple y llanamente vivir.
Quizás lo que más me ha influido en tener esta tranquila visión de no vivir con miedo a vivir sea haber podido compartir un tiempo de este confinamiento con mi madre, que ha sobrevivido a un cáncer de mama bastante agresivo y con mal pronóstico. Eso le da una visión de la vida de una forma muy alejada de las neurosis que nos rodean. Y es que, sí, cuando una persona ha estado bailando al son de la muerte, intoxicada por todo tipo de quimios, radios y pastillas anexas, sabe lo importante que es cada segundo de vida digna. Entre tanto vaticinio fatalista la vida se escurre sin piedad, mientras vivimos engañados con pausar el tiempo esperando poder seguir viviendo. 
Arriesgarse a vivir, sí, para mí supone salir a la calle y dejarme penetrar, dejarme sentir, dejar que el aire entre en los pulmones sin barreras. Arriesgarse vivir supone acercarme al otro, abrazarlo, besarlo, sin pensar en suspicacias ni contagios mutuos. Arriesgarse a vivir es aceptar la naturaleza animal, mamífera, es aceptar que formo parte del todo de la naturaleza. 
Y cada día doy gracias a mi madre por su visión y a la vida porque me ha puesto algunos seres humanos en mi camino que se arriesgan a llevar una vida digna.
Ese es el verdadero sentido de solidaridad. Construir un entorno mutuo sin vivir de espaldas a la naturaleza. No dejar abandonados ancianos en soledad en su casa por miedo a infectarlos. Atender a las personas con la humanidad que nos caracteriza y forma parte de nosotros.

4 abr. 2020

El problema existencial sobre la enfermedad y la muerte en Occidente a raíz del coronavirus


Cuando observo alrededor los comportamientos de las personas a raíz del coronavirus desarrollando patologías mentales en base al miedo, cuando observo a mi alrededor las políticas autoritarias que se han establecido en base al miedo, soy cada vez más consciente de que el problema occidental de base no es más que algo existencial.
Este pensamiento me ha rondado en otras ocasiones de una forma más o menos perfilada, pero no tan clarividente. Cada vez que viajo en cuanto tengo vacaciones a un país menos desarrollado -donde me gusta especialmente viajar, para poder enfrentarme a los límites de mi cultura- tengo esa impresión. En los países menos desarrollados, se desarrolla una mayor sabiduría existencial, porque existe una mayor educación vital sobre la enfermedad, la muerte y los límites del ser humano. Y es que en ellos se aceptan estos tres factores, porque se convive y se vive con ellos diariamente. 
Y es que, por ejemplo, ahora mismo puedo pensar que en Etiopía, Guatemala, Vietnam, Tailandia, Malasia, Túnez para la mayor de la población el menor de los problemas sea el coronavirus, cuando tienen cada día que salir a buscar alimento, por ejemplo. O que en países en los que existe el ébola, la malaria o el VIH y la gente muere de eso, el coronavirus sea meramente una minucia. O en aquellos que sufren cada dos por tres tifones, tsunamis, monzones arrasadores, el coronavirus sea algo anecdótico.
El coronavirus se ha convertido en un problema occidental, porque somos los occidentales quienes hemos pretendido establecer una "guerra" médica en contra de la naturaleza, en el que se establecen cifras falseadas y combates entre países por cifras de muertos, recuperados, infectados... Sin embargo, la naturaleza es tan imponente, que hay un punto en el que los medios médicos no pueden llegar a ello. Bien es cierto que se puede invertir más en sanidad, pero nunca podrá la sanidad combatir toda la acción de la naturaleza, cuando esta actúa sobrepasando el ímpetu todopoderoso del ser humano occidental. También es cierto que la naturaleza es tan imponente que ni la mera estadística funciona con ella, porque necesitaríamos miles de millones de test para hacer números coincidentes con la realidad y de poco sirve. 
No quiero decir con ello que no se deba hacer uso de todo el sistema posible para poder salvar al mayor número de gente. Lo que pretendo aquí decir es que hay un momento en el que de una forma u otra nos vamos a tener que enfrentar a la aceptación de la muerte, a la aceptación de la enfermedad y a la aceptación de los límites de la medicinan.
Quizás todo esto sea una lección de humildad al mundo occidental. Quizás sea un replanteamiento de los patrones existenciales. O quizás para muchos sea simplemente un abrazo a comportamientos en base al miedo de los que luego tengan que recuperarse.
Quizás cabe replantearse de nuevo las palabras de Buddha: {Lo que más me sorprende de la humanidad son } Los hombres que pierden la salud para juntar dinero, y luego pierden el dinero para recuperar la salud y, por pensar ansiosamente en el futuro, olvidan el presente de tal forma que acaben por no vivir ni en el presente ni en el futuro, viven como si nunca fuesen a morir y mueren como si nunca hubiesen vivido.

24 mar. 2020

Convivencia en tiempos de coronavirus -y más allá-



Convivencia en tiempos de coronavirus -y más allá-

En el confinamiento surge el roce, y, en el roce, surgen el cariño y también los choques. Cada vez más oigo voces, y no voces propias de una alucinación por estar confinada, sino de los vecinos que comienzan a hablarse mal, gritarse, proferirse improperios, faltarse el respeto.

Una de mis grandes preocupaciones en la relación con los otros ha sido siempre comprender por qué ciertas personas asocian la confianza a llegar a faltarse el respeto. 

Siempre me ha preocupado, porque lo he vivido en primera persona, ya que yo también acepté durante un tiempo llevar una relación en la que la costumbre era faltarse el respeto, especialmente aceptar que me faltaran el respeto.

Sin entrar en analizar por qué uno es capaz de aceptar eso durante un tiempo -cosa que tampoco he comprendido todavía-, sí que le he dado muchas vueltas a por qué alguien es capaz de amar amargando al otro, o, lo que puede llamarse de otra forma, amar odiando.

En la convivencia, con la confianza, nos dejamos muchas veces llevar por la costumbre. Nos cegamos sin ver que la persona que tenemos enfrente es un ser vivo, un ser sintiente y, sobre todo, un ser diferente a nosotros. El otro, como ser sintiente, necesita cuidado, mimo, consideración y respeto. A priori esto es comprensible y todos lo entendemos, porque necesitamos lo mismo. Sin embargo, hay personas que, frente al otro, y con la confianza, acaban por transformar el amor en odio. 

Esto se debe, entre otras muchas razones personales de cosas que se puedan haber vivido, a la falta de paciencia. La paciencia implica tratar de comprender al otro en sus actos, presuponiendo que el otro es alguien diferente a ti y que su forma de pensar y funcionar no es la misma. Así, si nosotros tenemos un ritmo rápido, debemos comprender que el otro no lo tenga. Si nosotros tenemos un cuerpo diurno, debemos comprender que el otro pueda tenerlo nocturno. Si nosotros tenemos una memoria portentosa, debemos comprender que el otro no la tenga tanto.
En el momento en el que la paciencia se pierde, perdemos el norte, porque cualquier acto del otro nos lo tomamos como un ataque personal en contra de nuestra forma de funcionamiento. Y transformamos, por ejemplo, el problema de memoria del otro en "¿Otra vez tengo que repetirte lo mismo? Es que no me escuchas". O que el otro camine haciendo más ruido que uno lo transformamos en "pareces un elefante en una cacharrería. Lo haces aposta para molestar al vecino". Y así sucesivamente.

También la falta de paciencia se manifiesta en la baja tolerancia a la frustración de que el proyecto personal tiene que amoldarse al proyecto personal del otro. Y es que en ocasiones deseamos y proyectamos en el otro lo que deseamos. Sin embargo, la realidad impera sobre el deseo y el otro no ha venido para cubrir nuestros anhelos. Puede cubrir algunos, pero no todos. Por ejemplo, si yo soy familiar y tengo una dinámica de relación con mi familia, pretendo que el otro tenga la misma, sin preguntarme/le qué término medio se puede alcanzar. Si yo deseo vivir así y llevar una vida asá, pretendo que el otro me siga, sin preguntarme/le qué término medio se puede alcanzar. En el momento en el que pretendemos que el otro se amolde a nosotros y no somos capaces de ceder en lo más mínimo, es posible que comience también la relación en base a la dinámica del odio.

En el momento en el que alguien introduce en la relación con el otro la dinámica del odio, el malhablarse o la proyección de la frustración, tiene la batalla perdida el amor. Dure más el tiempo de aguante o dure menos, el amor ha perdido.

Y es que en el amor no cabe la falta de respeto. Son incompatibles. Mucho ha pretendido escribir la literatura trágica y dramática sobre amar odiando, pero, desde el punto de vista práctico y empírico, ninguna relación de amor es de odio, ni de odio es de amor. De hecho, en el momento en el que el amor triunfa, se consiguen buenas simbiosis, mientras que en el momento en el que el odio impera, se consiguen afortunadas pérdidas.


19 mar. 2020

¿Coronavirus? ¿Covid 19? ¿Qué entidad real de importancia tiene?



¿Coronavirus? ¿Covid 19? ¿Qué entidad real de importancia tiene?

Me despierto, observo, y lo que está pasando no me parece real. Tres días de confinamiento en estado de alarma y las personas poco a poco, con el triunfo del miedo, se tornan más agresivas.
Lo que hace escasamente un mes considerábamos comportamientos de locura, ahora tienen cabida en la plaza pública: convocatorias para tirar desde las ventanas cosas a los viandantes -aunque tuviesen motivos justificados para salir-, personas gritándose en Mercadona reprendiendo que una madre vaya con su hijo a comprar, quizás porque no tiene con quién dejarlo, etc.

Yo, sinceramente, como filósofa, y mientras me permitan seguir ejerciendo la libertad de expresión, considero que mi deber es presentar una forma de ver el problema que va mucho más allá de las emociones del miedo.

Les insto a leer la página web Worldometer (https://www.worldometers.info/), que es una página de datos sobre cuestiones generales a nivel mundial, como número de nacidos, de muertos, de enfermos..., y que está basada en los datos que proporcionan los gobiernos. Ahí podemos observar lo siguiente, hablando de "epidemias". En lo que va de año, 2020, han muerto en el mundo por gripe 104.000 personas, por VIH 362.000 y por malaria, aunque esta no sea ocasionada por un virus, sino por un parásito, 211.000 personas. De coronavirus en lo que va de año tenemos 9.000 muertos en el momento en que estoy escribiendo este artículo de opinión. 
¿No suena extraño todo eso? ¿Realmente estamos ante una amenaza brutal de un virus para el que tengamos que estar confinados durante un mes mínimo toda la población? ¿Realmente es necesario pensar que seguramente muramos antes de coronavirus que de gripe? ¿Es necesario vivir con miedo? ¿Es necesario paralizar el sistema económico capitalista para que al final la crisis económica que se genere la acaben pagando los mismos?

En el fondo no se trata de un peligro real de las personas ante el virus. De hecho, lo que pasará es que acabaremos creando la llamada "inmunidad de grupo" y el virus desaparecerá, mutará y llegará otro. 
En el trasfondo de todo esto estamos ante un problema de corte muy diferente, con matices diversos, y aquí les voy a presentar los que yo veo:

1. El problema del coronavirus es que, a diferencia del VIH o la malaria, es una enfermedad que toca de lleno al mundo occidental. Mientras hasta ahora estábamos acostumbrados a observar enfermedades que afectan a países "subdesarrollados" y lejanos, normalizábamos la cantidad de muertos. Por ejemplo, para la malaria, aunque no existe vacuna, existen profilácticos, pero las personas mueren en tales cantidades, porque no tienen acceso médico a esos profilácticos. Y es que, sí, somos siete mil millones de personas en el mundo, no hay medicinas para todos y, sí, mientras mueran los que no sean occidentales, todo nos parece normal y aceptable. Lo mismo sirve para el VIH.

2. Entonces esta crisis no es de un virus mortífero que me va a matar, sino que, en el trasfondo, es una crisis del Estado de bienestar. Todo este confinamiento se ha liado para evitar que haya masificación en los hospitales y no se puedan atender a las patologías graves, que no son el coronavirus. Desgraciadamente y aunque las personas no lo vean con la desinformación y la manipulación que se ha generado a través de los medios de comunicación y de las redes sociales, sigue habiendo personas con cáncer, enfermedades cardíacas, etc. 
Así es, el mundo occidental por primera vez tiene miedo porque se enfrenta a la cruda realidad de la burbuja que ha creado, y es que no es sostenible. 
Por mucho que no se quiera, existirán los virus, que sirven en la naturaleza para equilibrar el medio y controlar el exceso de población. Por mucho que no se quiera, moriremos las personas por algún motivo, porque la muerte forma parte de la vida. Por mucho que se quiera, la medicina puede en cierta medida intentar salvar vidas en contra de los dictados de la naturaleza, pero no es todopoderosa ni puede acabar con una epidemia. Por mucho que se quiera, el humano NO es TODOPODEROSO. Por mucho que se quiera, somos siete mil millones de personas en el mundo, con cada vez más facilidad de movilidad, y con el mismo deseo todas, poder vivir con privilegios. Y, sí, la burbuja se está pinchando. 

3. Y ahora yo me pregunto, si todos deseamos tener una sanidad que nos cure a todos de todo, o al menos que lo intente, si el desarrollo de la economía en la mayor parte de las culturas es la capitalista, y si paralizamos de una forma intervencionista el desarrollo de la economía en seco, ¿nadie se ha preguntado de dónde va a salir el dinero para mantener esa sanidad que queremos todos? Sale un gobernante en la tele prometiendo el oro para paliar la crisis con cara descompuesta y aludiendo a la emocionalidad de las personas, y nosotros nos creemos que el dinero va a llover del cielo, por generación espontánea, o por arte de magia, pero la realidad no es así. Voy al decreto de medidas para paliar la crisis del coronavirus y me molesto en leerlo completo
 (https://boe.es/boe/dias/2020/03/18/pdfs/BOE-A-2020-3824.pdf#BOEn) y me doy cuenta de la cruda realidad. Sí, vivimos en una burbuja en la que cada vez van a caber menos, porque no se sostiene. Un mes de posposición de pagos para autónomos que hubieran cotizado digamos poco el mes anterior al decreto. ¿Estamos de broma? ¿Cuándo comienza la crisis si no con la paralización en seco del desarrollo de la economía? Sigamos, posposición de un mes de pagos de servicios de luz, agua y gas para personas en situación de vulnerabilidad -si leen el decreto son cuatro gatos-. ¿Un mes? ¿Esto es una broma? Y sigan leyendo, les invito a ello.
Entonces, sí, definitivamente esta crisis la van a pagar los de siempre. Aquellos para los que los ERTE se conviertan en ERE sin percibir la indemnización por años trabajados y por causas de fuerza mayor y las pequeñas y medianas empresas que se vayan al garete por no poder abrir. 

Quizás esto no lo vemos ahora, porque nos han hecho pensar que estamos expuestos ante un peligro de muerte inminente, y vivimos con ese miedo. Es comprensible el miedo, yo también lo tengo, forma parte del ser humano. Sin embargo, conviene pensar un poco más allá siempre. A mí no me gusta vivir engañada y, bueno, creo que se está pretendiendo. El mayor engaño no es pensar que el coronavirus va a acabar con nuestra vida, sino que nos hacen vivir creyendo que la muerte no existe y que un ente ajeno se va a hacer cargo de garantizarnos algo en contra de ella. Pero ese ente no es más que el conjunto de nosotros, de nuestros impuestos que financian la sanidad pública. En una sociedad del consumo, sin consumo no hay trabajo, sin trabajo no hay dinero, sin dinero no hay impuestos y sin impuestos no hay sanidad. 
Paralizar el mundo no creo que sea la mejor opción. Ojalá me equivoque.

15 feb. 2020

El camino hacia la libertad


El camino hacia la libertad

En ocasiones en la vida, cuando una se sienta consigo misma, comienza a hacer cosas que en principio no tienen sentido y que más tarde lo irán adquiriendo. Pensar construye, y, en ocasiones, para construir resulta necesario destruir.
Quizás una comienza a dejarlo todo. Aquello que resultaba consuetudinario se convierte en algo accesorio. Se trata de anclarse tan solo a los puntos auténticos de nuestra vida, los que nos hacen ser quienes somos.
Una lucha de cuarentona incipiente puede ser la del camino a la libertad. Liberarse de aquellos alimentos que nos hacen daño, de toda sustancia tóxica que falsamente nos inspira relajación. Liberarse de relaciones basadas en la defensa, la competición y el odio. Liberarse de los miedos, a compartir casa, a ceder tu espacio, a conocer gente auténtica que nos valore como somos, a entregarnos. Liberarse del yugo de un trabajo insatisfactorio. Y, sobre todo, liberarse del orgullo y del ego. Liberarse del miedo a pedir perdón. Todas estas quizás estén siendo mis conquistas últimamente. Me siento muy vacía. No me conozco. Sin embargo, me siento libre, cada día más auténtica, más en concordancia con mi ser. ¿Qué será de todo esto? No lo sé. Lo único que conozco es esa hermosa sensación de vibrar con el ser, sin dependencias que lo consuelen. Lo único que sé es que están entrando poco a poco personas sanas en mi vida. Gracias, vida. 

1 feb. 2020

Gracias


Gracias

Cada persona, cada cosa, cada experiencia llega para enseñarnos algo en esta vida. Y tú llegaste y me hice mujer. Mujer porque me abrí a una madurez empática. Mujer del diálogo. Mujer que confronta al ego. Mujer que asume la conciencia de haber sido demasiado exigente y no tan solo exigida.
Lástima que toda esta conciencia llegó demasiado tarde como para seguir compartiendo un camino de la vida distinto a tu lado.
Sin embargo, triunfa la bienaventuranza de saber que me hiciste mujer. Gracias. 

30 ene. 2020

El triunfo del diálogo


El ego humano adormece y atormenta los dictados de la razón fácilmente. Nunca aprendí del diálogo. En caso de conflicto grave aprendí de la venganza, el orgullo, el ganar batallas absurdas aunque vaya en contra del bienestar personal y del otro. Aprendí de la piedad cuando tienes al otro a punto de muerte. Esa piedad católica que representó tanto Michelangelo. La sociedad que nos rodea es así, nuestra cultura es así, nos circundan lustros de latinidad. 

Sin embargo, siempre creí en el diálogo. Y me he pasado 38 años buscando salidas a los conflictos personales más allá de los derroteros infantiles del ego de negar saludos, palabras, afectos... tuneados con bloqueos de Whatsapp y Facebook. 

También tuve la suerte de conocer a dos personas en mi vida dialogantes, dos hombres que me han enseñado con su ejemplo otra posible forma de estar en el mundo. Esa manera de sentarse frente al ego, escucharlo, confrontarlo, ser condescendiente con sus caprichos, pero no llevarlo al extremo de negociar el diálogo por sus designios.

Buscando y rebuscando, al fin lo he hecho. 38 años de desear vivir la relación con el otro de una manera dialogante y lo he logrado. Gracias Nacho, gracias Pepe, gracias Laura, por ese año de viajes a la profundidad de mi alma, y, sobre todo, ¡qué narices!, gracias a mí, por todo el trabajazo de reeducarme a la búsqueda de un ideal diferente.


27 ene. 2020

Derroteros



Derroteros

¿Dónde está la frontera clara en estos sentimientos que acucian dentro? No puedo entenderlos. Están, viven, se desatan, se atan, me impregnan de música, de ruido, me llenan de fantasías, de anhelos, me abrazan a los recuerdos y me desprenden de ellos. Todo a un tiempo, difuso.
Los vivo, los dejo estar, impregnarme, caminarme. Sin embargo, no los comprendo. Me paralizan, me dejan sin forma de actuar. A veces les hablo, los corto, les riño. Otras me dejo llevar con ellos.
Busco vagamente en esta vida poder vivirla como jefe apache de mí misma. Pero a veces no me siento dueña de lo que siento. Amo un imposible. Y quizás nunca deje de amarlo. Sí, aunque materialmente sea imposible entenderse, la amo. No me pregunten por qué. Yo tampoco lo entiendo.

16 nov. 2019


Espejismo

La vida está llena de creencias sobre realidades que resultan ser diferente a lo que se pensaba. Cuando la sed apremia, la dicha no es buena. Sabiduría es esperar observando el prudente tiempo para que cada cosa se manifieste tal cual brilla en su fondo. Así, la luz será luz.