6 abr. 2012

Fragmentos geosféricos XXIV

 
De fascinación y pasión

Siempre me ha resultado curioso cómo funcionan en el ser humano los ámbitos de la fascinación y la pasión.
Distingo entre fascinación y pasión de la siguiente forma. Fascinación nos la produce aquella persona o cosa que nos brinda una inmensa atracción durante un periodo de tiempo breve. Es una sensación de explosión en el corazón que se consume rápidamente, como si fuese un fuego artificial en la vida. Los japoneses en su lenguaje asocian a la fascinación el caracter de melancolía. Y es que después de la explosión y la desaparición de la fascinación queda un poso durante un breve periodo de tiempo de sensación de pérdida.
Pasión nos la brinda aquella persona o cosa que, habiendo producido antes una fascinación, deja en nosotros una lealtad incondicional y recurrencia que dura un periodo de tiempo prolongado e incluso en ocasiones incombustible a fuego lento. Lo que acompaña a la pasión es la lucha, porque ponemos todo lo que está en nuestras manos para seguir recurriendo a la pasión.

Tener clara la distinción entre fascinación y pasión resulta importante e incluso esencial para moverse con inteligencia emocional por esta vida. ¿Por qué? -se preguntarán ustedes-, pues porque en ocasiones deseamos que lo que nos ha producido fascinación y se ha perdido acabe por convertirse en pasión, y ponemos un empeño inútil en ello, ya que este paso resulta imposible. 

¿Y qué paso existe para que una fascinación se convierta en pasión? ¿Y por qué es imposible -se preguntarán ustedes-? Desde mi punto de vista, se trata de un paso ético. Es decir, algo nos puede fascinar al inicio de la relación con la persona u objeto. Pero una vez pasa ese periodo inicial, la relación con la persona u objeto se acaba por materializar. Materializarse significa interactuar con esa persona u objeto, y en la interactuación se trasluce la ética solamente personal con el objeto y mútua en el caso de las personas. Y al final lo que nos causa pasión es el interactuar ético con los objetos o personas.
Pongamos un ejemplo concreto y muy común. Yo conozco a una persona que me fascina con la que en un inicio deseo compartir mucho tiempo de mi existencia. Pasa un tiempo y voy observando, por ejemplo, que esa persona no es capaz de adquirir compromisos con las cosas, que no es capaz de afrontar las situaciones con madurez o que es una persona que pide pero no concede -y todo ello resulta esencial para mí-. Evidentemente, esas formas de actuar hacen que la fascinación que en un inicio sentía no acabe por transformarse en pasión. Y por mucho que intente que se transforme en mi corazón resulta un paso inútil en el sentido de que la ética mútua que se ha creado no me fascina, por ende será imposible que me apasione.

Así pues, lo más inteligente para ambas partes, y lo que menos energía emocional les consumirá es aceptar la desaparición de la fascinación y seguir cada cual con el camino de su existencia.

2 comentarios:

Pilar Turiso dijo...

Comparto contigo estas reflexiones.
Muchos besos.

Nieves Soriano Nieto dijo...

Gracias, Pilar!! Mil besos.