28 jun. 2013

El profesor


El profesor
Cuando llegan estas fechas, todo el mundo que no es profesor recuerda lo maravilloso que es ser profesor. "¡Cuántas vacaciones tienen!". Sí, como si ser profesor te diera tiempo a tener vacaciones mentales en la situación en la que estamos viviendo.
Pero no se considera el trasfondo de la cuestión. 1/3 de la plantilla de los institutos ha sido reducida en tan sólo un año. Eso significa que miles de interinos han sido echados a la calle, que los hijos de cada persona este año no han podido ser atendidos como se debiera, que los desdobles están a extinguir, que las personas más desfavorecidas caen antes del sistema educativo. Por no hablar de la nueva ley que se implantará en breve.
Ni de las tragedias de las familias de aquellos que han sido despedidos.
Pero no sólo hablamos de interinos. De entre el tercio de la plantilla reducida, estamos profesores definitivos que vivimos como desplazados. Que a estas alturas todavía no sabemos dónde trabajaremos el año que viene ni qué asignaturas daremos. Que nos tratan como a una vejación del sistema alegal, que nos tienen como secretarios de los departamentos favoritos.
Tampoco hablan los que hablan con tanta ligereza del profesor, qué significa que en un año una persona pueda tener que vivir en varias ciudades a la vez, como si no tuviera familia ni sitio estable. Ni qué significa dejar a tu hijo de cuatro meses en una ciudad y vivir en otra a 200 kilómetros. O qué significa dejar a un padre enfermo o a tu mujer o marido tan lejos.
No, señores, sólo se habla de lo bien que vive el profesor. Que de un día para otro llega a una ciudad ajena, a un instituto ajeno, sin conocer a nadie y tiene que enfrentarse a más de 200 alumnos a su cargo.
Y eso, claro, no supone esfuerzo alguno. Evidentemente no trabajamos con las manos, sino con por y con el corazón.
¡Viva la enseñanza pública de calidad!

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