14 dic. 2007

Bruno


Teresita caminaba despistadilla, aunque con el velo de sus ojos de un azabache que brillaba por la curiosidad de descubrir los papeles secretos de la revolución de Al-Fadaiat en las barreras del estrecho de Gibraltar, y se encontró en la copa de un árbol un mono juguetón, Bruno. En realidad el encuentro no fue tan sencillo como un simple encontrarse, sino que fue gracias a que Bruno lanzó una manzana a Teresita, que cogió con la cola, para que no golpease su cabecita. Travieso Bruno. Teresita le riñó éticamente para que se comportase, sacando su vena de profe, y le dijo que osase presentarse con un saludo grato para establecer diplomáticamente relaciones que podrían llegar a la amistad. Bruno bajó del árbol, pirueteando por todas las ramas, incluso por aquellas que para Teresita eran invisibles. Bruno vivía en las fronteras, sí, en las fronteras de ese estrecho entre Marruecos y Andalucía. Decía que, como caminante de la frontera, luchaba por deshacer la geometría y trigonometría matemática que dividía los lugares entre lo que pertenece al lado de acá y lo que está en el lado de allá. Así, pues, viendo Teresita que Bruno, tan travieso, luchaba por la justicia a través de la revolución tira manzanas a las cabezas de los que sospechosamente podrían ir a definir qué es el yo y qué es la alteridad como contrapuestos, le habló del Gran Tucán, de los tucanes asociados con las diferentes revoluciones, de las cotorritas, de Carlota, de la gacelita Thomson, los pececitos rojos y la isla utópica de Tabarca, y lo invitó a pasar con ellos para unirse al grupo un fin de semana paradisíaco.

2 comentarios:

Francisco Jarauta dijo...

Bienvenido Bruno al falansterio del Palmerar. Munari había ideado algunas figuras, como Bruno, que tenían la suerte de permanecer en la infancia, entendida ésta como lugar del juego, de la invención y fantasía, de una improvisación continuada que daba a las relaciones con el tiempo, las cosas, el mundo la medida feliz del juego. Nadie como Bruno hace suya aquella lógica azarosa de lo posible a través
de las idas y venidas, de los azares mil y otras invenciones. Los mayores del Palmerar seguro que interpretan las andanzas de Bruno como travesuras, pero bien saben que tras ellas se da el juego libre de la danza, de la experiencia dichosa de lo que siempre comienza, como bien sabía el "paìs" de Nietzsche. ¡Bienvenido pues Bruno al Palmerar!

Nieves Soriano Nieto dijo...

Mil gracias, Jarauta, por este bello comentario. Tus palabras, siempre tan lúcidas y acertadas, iluminan este Palmerar.