14 ene. 2015

Fragmentos mamíferos LXVIII



El ovni

Érase una vez una mujer que fue a visitar a un oftalmólogo que posiblemente estaba más ciego que ella y le vio una mancha en el fondo del ojo. Esa mancha era producto de las sombras quién sabe si de la época del oftalmólogo, de la época de la paciente o de la era medicalizada. Todas las alarmas saltaron. "Puede que usted tenga un tumor cerebral. Tiene demasiada presión intracraneal"- dijo el señor médico y la madre que lo parió. La paciente, justo desde ese momento, comenzó a sentir terribles dolores de cabeza. Sí, tenía presión intracraneal. No pegaba ojo, pensaba que podía morir. Rayos y centellas. ¡Si es la propia medicina quien crea los enfermos! Y entonces la enviaron al ovni, ese aparato que dicen sirve para hacer resonancias magnéticas, que emite destellos y ruidos como sacados del infierno y que hubiera servido a cualquier dictador para utilizarlo como instrumento de tortura. Tras media hora larga allí encerrada rezando porque si había alguna célula sensible en su cuerpo no mutase y se tornase cancerígena del enfado por someterla a tales presiones, la paciente comenzó a ver a los selenitas del viaje a la Luna de Meliès atacándola con flechas del paleolítico mesoinfesuperior. Y entonces lo tuvo todo claro. Salió de allí con tal estado de cabreo, que empezó a declarar delitos que no había cometido con tal de que la dejaran irse. "Sí, una vez blasfemé de la medicina, juro no volver a hacerlo" -murmuraba-, mientras le pinchaban un contraste para observar cómo funciona su circulación venosa cerebral. "Sí, les prometo que me han dado 48 millones de infartos cerebrales en mis 33 años, pero no se lo tomen tan a pecho". Seguidamente, tras permitirle comer un poco de pan, la enviaron a observar un cuadrado rojo sobre un fondo en forma de ajedrez que cambiaba a la velocidad de un rayo. "Mire el cuadrado rojo" -musitaba la doctora mientras intentaba poner bien enganchados los electrodos en la cabeza de la paciente. "No se desconcentre, que si no, no podremos saber que ve usted bien". Y la paciente sólo podía entretenerse mirando lo hermoso que era el baile de los cuadros cambiantes del fondo, comparado con el fijismo aristotélico y aburrido del cuadrado rojo estático del centro. "Pero si no hace falta que me hagan todas estas pruebas, créame, yo veo bien". "Eso no está tan claro" -dijo la doctora. Vaya, ahora resulta que el cuerpo de un paciente no pertenece al paciente, ni sus percepciones tienen credibilidad alguna ante los contundentes datos de la ciencia. ¡Váyanse a tomar por culo! ¡Métanse por donde les quepa la racionalización y su racionalidad! Aquí una se declara puramente visceral y sentimental y mis ojos son míos y sólo yo sé cómo funcionan. Me alegra que haya vuelto la Nieves que yo era antes de intentar pasar por el aro de los imperativos sociales.

PD: También tengo una mancha en el ojete. ¿Por qué no me la analizan?

4 comentarios:

Mònica Amorós i Gurrera dijo...

Bravo!!

NSN dijo...

¡Qué a gusto me he quedado, che!

Esther Marín dijo...

jajajajajajajajaja, halaaaa, salió el animal que tienes dentro! ¡Claro que síii! que si te aguantas todo eso, el peso intracraneal iba a ser increíble, che!

Una vez pasada la prueba de convertirse en una cobaya del método médico-científico, ya está usted preparada para ser una cabra de las mejores!! Ahora ya no hay vuelta a atrás, ni excusa alguna: a balar y a trepar como locaaa!

Un beso, cari... me encanta que todo haya sido un susto tonto...

NSN dijo...

Hahaha!! Sí, eso sería veneno dentro. Gracias, cariño, por todos estos días y tu apoyo incondicional. Eres mi ángel de la guarda.