2 jul. 2011

Fragmentos luminosos LVII


¿Sómos esclavos de las palabras o del silencio?
 
Siempre me llamó la atención el refrán "Uno es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras". Más que nada me llamó siempre la atención porque detrás de él, como de todos los refranes, si reflexionamos y estirazamos, podemos reconstruir la genealogía de una moral cultural concreta.
Este refrán, desde mi punto de vista, alude en última instancia a la responsabilidad. Es evidente que quien habla, es responsable de lo que dice. Asumiendo incluso que si yerra, es responsable de sus errores. 
Por contra, quien no habla no es responsable de lo que no dice, porque no habla. Por tanto, no es responsable ni de lo que dice ni de los errores que cometa por hablar.
Ese refrán está instaurado en la moral católica, que evita atribuir la causa de la responsabilidad al sujeto individual, para buscarla en otros, o, en última instancia, en una divinidad abstracta. La única atribución al sujeto individual que existe en la moral católica es la CULPA. Y la culpa es algo que hay que evitar a toda costa para tal moral. La culpa, si analizamos, procede también en última instancia de una evitación de la responsabilidad. Lo que nos dice a fin de cuentas el sentimiento de culpa es que evitemos actuar. Porque actuar nos lleva a errar -somos seres imperfectos y pecadores que hemos sido castigados desde el inicio de nuestra existencia, allí cuando comimos la manzana prohibida, con la constante cualidad de errar-. Y errar, nos dice la moral católica, es algo terrible por ser pecado. Por tanto, el acto, que lleva al error con alta probabilidad, es condenable, y la única forma de asumirlo es autocastigarse. El autocastigo no es más que una evitación de la asunción de la responsabilidad. Porque un sujeto pleno y coherente es capaz de asumir el error como forma NATURAL de la actuación. Y asumirlo implica no culpabilizarse, sino hacerlo parte de uno mismo. 

En este sentido, si retomamos nuestro refrán, no es más que una forma de evitar actuar. Porque actuar llevará con alta probabilidad al error, y el error es digno generador del sentimiento de culpa. En suma, lo que se nos viene a potenciar es que callemos para evitar asumir la responsabilidad del error, en caso de que exista. 

Un refrán muy interesante, sí. Y que por mi parte en ningún momento tolero se compare tal silencio "irresponsable" con el silencio de la cultura japonesa, que es el silencio de la responsabilidad. Del cual, si me permiten, en otra ocasión les hablo.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

somos más esclavos de los silencios que de las palabra que decimos...

Nieves Soriano Nieto dijo...

¡¡Hooolaaaa, caracol o caracolaaaa!!

An dijo...

Las comparaciones son odiosas, pero inevitables, puedes anunciar tu permiso hacia ellas o no, pero al prohibirlas ya les otorgas cierta concesión. Yo sí que voy a compararlo (y no con nada japonés, no quiero despertar tu ira) con la cultura pasiega, de la que soy en cierta medida heredera, no ya de sus costumbres y su forma de vida, pero sí en parte de su sangre. Los pasiegos son encasillados en ciertos estereotipos, unos negativos y otros positivos, pero esos tampoco tienen que ser necesariamente buenos... se dice de ellos que son huraños, desconfiados, tacaños; creencias retroalimentadas por lo exterior con el paso del tiempo. Si hay algo que sí que es cierto, y que los caracteriza (inquietantemente, en cierta forma, a mí también) es uno de sus dichos más conocidos: el NO hablar de lo que no se quiere para que se olvide.

http://www.youtube.com/watch?v=emg0ZhRMrwE

Ana Cuéllar dijo...

Comparto este refrán que es una muestra del compendio de sabiduría práctica que contiene el refranero español que por otra parte es muy ZEN, sencillo y certero.
Uno es dueño de su silencio porque ahí controla es su dominio privado y responsable.Si es consciente de ese silencio, porque sino como bien dice anónimo es más esclavo...Cuando uno habla cae en el terreno del otro, de la interpretación certera o equívoca,que tiene sus consecuencias que hay que asumir...

Nieves Soriano Nieto dijo...

Ángela, me encanta que hagas alusión a los pasiegos, tan admirados y recurrentemente visitados a lo largo de mi biografía cada verano durante los últimos 10 años.
Sin embargo, ¿tú estás segura como pasiega que no hablar de lo que no se quiere lleva al olvido? Puede ser que lleve a no darle más vueltas a un cocido que está en su punto o ya pasado, pero ¿al olvido? ;-)
Preciosa canción.

Nieves Soriano Nieto dijo...

Ana, cierto, cuando uno no dice -silencio- controla todo. No hay reacciones, porque no hay acción.
En el momento en que surge la acción, existe la reacción. Y ésta, procedente del otro, es inesperada, y en la mayor parte de las ocasiones inimaginable. Sí, caemos en el descontrol al decir. Pero, desde mi modesto punto de vista, eso es humano, en tanto que es como la vida misma. Es más, consideraría incluso terapéutico someterse a la acción propia, para observar reacciones, aprender, acercarse o perder. Pero para no quedarse sin haber hecho o dicho. El "y si..." mejor tratar de evitarlo en las recetas de la existencia. En suma, descontrolar o dejarse fluir, porque no somos los capitanes en ocasiones ni de nuestro propio barco.
Para ser capitanes, quizás, tenemos que acabar por construir un barco muy chiquito, silencioso "irresponsable" y que no navegue, para no someterse a topar con todos los peligros, que, por ejemplo, acecharon a Ulises.
Un abrazo fuerte. N.

o L g a a n d R é s dijo...

adorable silencio

Nieves Soriano Nieto dijo...

Olga ;-)