25 jul. 2011

Fragmentos luminosos LXI


La errónea lógica del deseo

En realidad pienso que quizás estamos equivocados. Equivocados con respecto a la forma en que pensamos y vivimos el deseo de forma generalizada. 
En nuestra cultura le damos forma al mismo de tal manera que lo hacemos algo rechazable. La represión del deseo es la base del catolicismo cultural. A fin de cuentas el mismo, según tales preceptos, no nos ha traído más que desgracias -y si no miren qué se narra de la curiosidad que tuvo Eva por la manzana-. La curiosidad nos lleva a "conocimientos peligrosos", y el deseo no es más que su forma. 
Cuando se habla del deseo, enseguida se nos menta la frustración. "¿Qué sucede si lo que deseas no se cumple?" o "No desees lo imposible" son frases que escuchamos desde bien pequeños como pertenecientes a la cultura popular.
Esas mismas frases, que no son más que verbalizaciones de pensamientos culturales, son los que han llevado, en la cultura zen oriental, a preceptos tales como "menos es más". Es decir, cuanto menos se desee, menos se vive atado a la consecución, a lo material, a la necesidad, y menos frustración se siente si lo que se desea se desvanece sin que podamos hacerlo "nuestro". 
Si se dan cuenta, o al menos yo lo veo así, en una y otra posturas se piensa el deseo desde la lógica de la consecución. Es decir, el deseo existe para conseguir un objeto. Es decir, para apropiarse de algo que es ajeno a nuestra propia subjetividad. 
Y esta forma de apropiación tiene dos consecuencias: primero, vivimos considerando todo lo que nos rodea como objetos, incluso las personas -si no miren en qué acaban convirtiéndose ciertas relaciones interpersonales basadas en la posesión y no en el respeto-, y, segundo, vivimos efectivamente frustrados cuando de entre lo que deseamos, algo no se consigue.
Pero imaginemos por un momento que cambiásemos el punto de vista, y que pensásemos el deseo como energía motriz del ser humano. Pongamos un ejemplo. Imaginemos que yo deseo comprar un ordenador deseado que tienen expuesto en un escaparate de un centro comercial. No tengo dinero para poder comprarlo. Se me ocurre la brillante idea de pedir dinero. Pero nadie me da dinero. Decido aprender a tocar un instrumento musical para dar conciertos, sacar dinero, y poder comprarlo. Aprendo a tocarlo, pero no consigo suficiente dinero. Por último, se me ocurre la idea de buscar trabajo para ganar dinero y poder comprarlo. Pero cuando tengo el dinero, el ordenador ya ha sido vendido. 
¿Qué pensaré? Según la lógica cultural de vivir el deseo, sentiré una gran frustración por no haber conseguido el ordenador. Ahora bien, ¿por qué no olvidarse del ordenador y de su posesión, y darse cuenta de que ha sido el deseo el que me ha llevado por un lado a aprender a tocar un instrumento musical, y por otro a encontrar trabajo?
De esta forma, primero no trataremos las cosas meramente como objetos, porque aceptamos que puedan tener su propio curso, devenir y decisiones ajenas a nuestra ansia de posesión. Y, segundo, dejamos de lado la frustración como parte de la psicología humana.

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