8 feb. 2015

Fragmentos mamíferos LXXVIII

 
Diálogos antiepicúreos y antiegotistas

Neus Ex-Plotino: Venerada maestra, ¿qué podemos pensar del epicureísmo?
Esther Sensei: El epicureísmo no es lo que aparenta ser. Aquellos defensores del placer epicúreo se convierten a fin de cuentas en defensores de los placeres racionales.
Neus: ¿Qué es un placer racional, Sensei?
Sensei: Placeres racionales son todos aquellos que se encuentran pervertidos de lo que significa la naturaleza del placer.
Neus: Es decir, ¿aquellos que disocian el disfrute de la emocionalidad?
Sensei: Exactamente, compañera Ex-Plotino. Son placeres cálidos. Placeres moderados. Placeres vacíos de contenido. Placeres que evitan darse. Placeres que contienen en lugar de dar, que separan en vez de integrar, que compiten en vez de compartir. Los placeres del epicúreo no son verdaderamente placeres, porque el epicúreo no acepta que al lado del placer camina también el dolor. Como no desea vivir el dolor que también proporciona la vida, evita el placer emocional, el que invade las entrañas, el que hace vivir las cosas desde su profundidad.
Neus: Y cuando hablamos de epicúreo, ¿hablamos de hedonista?
Sensei: Nunca pretendamos utilizar ambas palabras juntas. El hedonista es todo lo contrario al epicúreo. El hedonista no disocia el placer de la emocionalidad. El hedonista corre los riesgos, apuesta por sí mismo y por el otro. Cree en los sentimientos. Acepta el dolor. Defiende la máxima de dar la mayor felicidad para el mayor número de personas.
Neus: ¡Qué luz proporcionas a las cosas, Sensei! Siempre me he considerado hedonista. Epicuro siempre me ha producido alergia. Y ahora entiendo por qué. Sin embargo, hay algo de lo que todavía cabe hablar. En ocasiones se asocia el placer al egoísmo, porque se entiende que el placer es personal, es del yo. ¿Podría decirse que un hedonista es egoísta?
Sensei: Mi querida explotino, recuerda a Michel Onfray. No hay que confundir hedonismo con egotismo. Egotista es aquel que, efectivamente, busca el placer sólo para sí mismo. Sería el epicúreo un tanto egotista, porque el otro acaba por molestarle cuando deja de navegar la superficie y pasa a profundizar. Muy diferente es la máxima ética del hedonista, que, como dijimos, busca la mayor felicidad para el mayor número de personas. El placer del hedonista no es sólo el placer personal, sino que éste estriba y comienza por hacer feliz a uno mismo y al otro. Hacer disfrutar, eso sí, desde las entrañas.

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Almojábana. Un cuento gastronómico

Una semilla de diente de león suspendida en la mesa se mueve empujada por el viento. De golpe, sale embestida hacia el mar de espacio que se abre sobre la Foia de Xixona. Planea por el inconmensurable valle hacia el mar de agua dibujado al fondo nebulosamente. Ni en mis sueños, es posible imaginar un lugar tan espléndido, que sin embargo está. A pesar de lo limitado de mis ojos y de mis sueños. Oigo a Silvia Plath: "Dios mío, qué soy yo/ para que esas bocas tardías se abran a gritos/ en un bosque de escarcha, en un amanecer de flores de trigal"!... Abajo, la ciudad expira la calina espesa de sus pensamientos.

El pequeño grupo de hombres se sienta alrededor de la mesa, presidiendo el paisaje y unos deliciosos gin-tonics, para decidir y juzgar. Para Jugar, sin asumir que juegan. Me parece que de sus cabellos oscuros se desprende una maraña de trazos embrollados a lo tira de cómic. Pero yerguen sus barbillas y barrigas orgullosos del privilegio de gozar ese hermoso lugar abierto ante ellos como una geisha, recompensa de sus trasegadas vidas. Se toman en serio, y las copas preparadas con ginebra de enebro de Mahón. Se cuidan.  A su edad, estos exponentes de una ideología acomodada,  han caído ya incontables veces, pero el hecho de encontrarse aquí subraya su triunfo pese a todo.  Los reafirma con sus errores, los protege de cuestionarse. Hay que reconocer que estos hombres son maestros en el arte de la permanencia. Tienen el mérito de haber sabido competir en un mundo ahora al borde del precipicio. Desde la televisión se oye lo último de los grupos 15 M, que promulgan el cambio del sistema y alguien los compara con las almojábanas. “Hechas de aire”, dice.

Un buen arroz con conejo y caracoles;  alguna de John Ford a media tarde saboreando un Pedro Ximénez; contemplar un cuadro como Mujer friendo huevos de Velázquez, en esa sala neoclásica del National Gallery de Edimburgo donde, a la luz macilenta y racional del lugar, es más huevo frito, más mujer y más Velázquez que en cualquier otro lugar… Estos hombres saben bien de placeres epicúreos bajo control, bien racionados como los ingredientes de una receta. Les cuesta hablar de amor y en la buena cocina exudan sus humores e intentan demostrarse que no hay nada que los haga vulnerables y faltos. Son hombres sensibles a quienes de cuando en cuando, les asalta con furia la imposibilidad de ser madres, el grial, la falta que impide llegar a la completitud o evitar a ese Otro que los pone en la tesitura de sufrir. Aquí, en la cima de la Carrasqueta, donde el furor de la ciudad se observa distante y la nieve se acumula cada invierno, están a recaudo. Ningún peligro a la vista. Nada que profiera ni un leve temblor a sus acomodados asientos.

Me cuesta darles voz a esos cuatro ahí sentados. Lo reconozco. Me he acostumbrado más a mantener largos monólogos omniscientes que a fluir en la reyerta. Ahora me escudo en este relato-barrera desde el que ver los toros tras azuzarlos. Y no es porque sean ellos. Me da miedo también ceder este puesto privilegiado desde el que decido y juzgo. Desde el que juego, sabiendo que juego. Por eso, aunque me tienta la comodidad y la costumbre, no me convence este discurso encerrado en lo imaginario. Letra muerta ya transitada que no me transforma. Y como quiera que si algo tiene la condición de narrador es la consciencia (también de una misma), más que la omnisciencia, trataré de ser justa. Vuelvo entonces al narrador de Walter Benjamin, al viajero oral que crece con cada versión de su historia. Me despego de la neurosis novelística, de la mujer tras la ventana, agotada de esperar.
¡Atrevámonos a jugar! escuchemos a los contertulios... y comámonos la vida: 

¿De qué hablarán estos hombres?

Los imagino en una larga conversación sobre los últimos vaivenes de la economía, de la política, bastiones del poder-patriarca. Insistirán una y otra vez en pormenores y cotilleos sobre los titulares de última hora…  Siempre a vueltas con su indignación. Carecen de la impronta espontánea de la propuesta, del análisis constructivo, como si en ello les fuera el intelecto. Es la indignación en ellos un valor que no decrece con el tiempo, sino al contrario, aumenta en proporción al desvanecimiento de su lucha directa. Los he llegado a apodar hombres de las tres “e”, enfadados, egocéntricos, escapistas. En ellos destaca la capacidad espontánea de ladrar para defender su territorio que yo jamás tendré sin acabar tachada de histérica o hundida bajo mi propia culpa; la capacidad de disfrute de su segunda “e”  olvidándose de todo; y  el aprecio que dan a lo suyo por encima de lo demás.  Valores a la baja, lo presiento, de un reinado que empieza a desplomarse, pero que todavía domina nuestras macro y micro sociologías mucho más de lo que nos gustaría. 

Podría escuchar su discurso, recogerlo en notas, hacer una transcripción lo más rigurosa posible, incluso de  las frases que dirían en valenciano y las que no. Pero mi atención se interrumpe en otras cosas. Un fondo dulce de grillos cubre veladamente la tarde en la terraza del Pou de la Neu, mientras los hombres al fondo hablan. Me imagino haciendo una almojábana. Con aceite caliente y huevos sin batir. Acude a mi este dulce austero, ajeno a la competición de los grandes platos. La almojábana no sólo es postre y por tanto ni siquiera un plato secundario, sino que es un tercero marginal, fuera de todo canon culinario, sin ápice de sofisticación, ni si quiera de estética, improntas de cualquier postre que se precie. Un tercero sin pretensiones. Parco, simple, sin apariencias. Hueco por dentro, casi como un cuerpo sin vida.  Compuesto de todos los ingredientes para su olvido.

Les contemplo. Ríen, hablan mucho y ocultan infinitamente más. Son, no tanto por lo que dicen, sino especialmente, por todo lo que callan en medio del no silencio. Así que, como en los relatos de Felisberto Hernández, habrá que “contemplar lo que no se dice para acometer lo que verdaderamente interesa”, que decía el sincerísimo Wittgenstein.

¿De qué no hablan estos hombres?

Una mariquita se ha posado sobre mi rodilla y, al poco, echa a volar. Confirmo que eso que callan les construye. Son eso. En su discurso destella, más que en ningún otro, la claridad de lo que no se dice. Porque aunque siempre es así, en este caso, todavía lo es más, porque estos hombres aqui sentados representan el poder que se oculta característico de nuestras sociedades en crisis. El poder que se oculta y retiene, frente al que da y se muestra.  De manera que en eso que silencian encuentro la clave de todo, la explicación a todas las preguntas que yo y ellos se hacen, al hundimiento de este mundo que han creado, incluso a su propia indignación. En lo que evitan, reside su poder y su debilidad, su victoria y su fracaso. Algo que nunca responderían, si se les preguntara, que solo puedo conocer en la contemplación de lo que callan.

Saboreo la bocanada de montaña de mi infusión de timó. El día baja. Los insectos revolotean en torno a la luz de la farola. De la casa llegan acordes de la irónicas Gymnopédies que alguien ha puesto en el CD. Las ciegas y domésticas palometas en torno al "líder iluminado” parecen los atolondrados niños desnudos de las danzas espartanas que evocaron a Satié sus etéreas composiciones. Y sigo escuchando. Oigo que estos hombres eluden hablar de aquello que rebosa los vasos y son incapaces de ordenar. Y llenan de palabras los vacíos que dejan. Palabras que ensucian mi escucha. Pero acabo concluyendo que, en esencia, de lo que no hablan es de lo que podrían dar. No hay una sola propuesta en sus discursos. Dar en lugar de contener, integrar en vez de separar, compartir frente a competir. Hablan del ocaso, y no de la luz. Eluden la lógica de la luz, que funciona fuera de toda lógica, de toda linealidad racional. Esa lógica de la luz en la que uno más otro ya no son dos, de hecho, ni siquiera un número, sino un puente, como dos cipreses que unen el cielo y la tierra. Esa lógica en la que el lenguaje se torna imposible de acometer racionalmente, como la música. Y se torna fácil y dócil como una ola. Ligero y sencillo como una almojábana.

Cae la noche silenciosa y quieta. Un rayo a lo lejos enciende el cielo. La tormenta está a punto de llegar. Ellos también sienten su cosquilleo y algo refulge en sus ojos cuando escuchan las últimas noticias. Pero callan. Se acostumbraron a no hablar de ello y terminaron por considerarlo accesorio, como esa pared que se quiso olvidar colocando un cuadro. Los árboles gritan. El viento.

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