7 ago. 2011

Fragmentos luminosos LXVII



Condenar la imaginación es condenar la libertad

La imaginación es esa parte del conocimiento que se dedica a crear lo que no existe en base a cosas que existen. Es la imaginación la que puede visualizar un ser con cuerpo de humano y patas de toro, o un ser con cuerpo de mujer y cola de sirena.La imaginación, tal como nos es explicado en la cultura popular, se concibe como algo que está  presente en las edades infantiles, y que va desapareciendo en las edades adultas. Es más, sería propio de un niño tener imaginación y de un adulto no tenerla. 
Pero la imaginación no creo que sea algo que se pierda. Todo ser humano utiliza la imaginación para reinventar su vida cada día, para buscar formas de comunicarse con el otro, o para gestionar cada situación de la forma más acorde a sus ideas. Es más, podríamos preguntarnos ¿acaso podríamos decir que la supervivencia del ser humano sería posible sin tal facultad del conocimiento? ¿No sería la imaginación una de esas facultades definitorias de la inteligencia humana? Me pregunto si el ser humano hubiera podido inventar la lanza sin imaginación -es decir, proyectar un objeto inexistente en base a la manipulación de objetos existentes-, o el refugio para no vivir a la intemperie, por ejemplo.
Así pues, ¿qué sucede cuando la mayor parte de las personas adultas aluden a que carecen de imaginación o acusan cierto exceso de imaginación en otros seres humanos adultos?
Desde mi punto de vista, lo que están haciendo es ocultarla, o reprimirla en lo posible. Se trata básicamente de una cuestión cultural -sobre todo porque en otras culturas el uso de la imaginación ha sido exaltado, por ejemplo en la cultura de los espíritus o Yokai japoneses-. Piensen que en la tradición de nuestra cultura la imaginación se ha venido asociando con la posibilidad de creación de seres aterradores, los cuales tan sólo las mentes insanas podían albergar en sí.  Los tratados medievales sobre la existencia de lo monstruoso, o la clasificación médica de la monstruosidad natural del siglo XVIII daban buena cuenta de ello. De hecho, uno de los problemas que más preocupaba a los médicos de la Ilustración era la imaginación maternal durante el embarazo. El hecho, por ejemplo, de que una madre imaginase tener relaciones sexuales con otro hombre que no fuese su marido mientras estaba embarazada, se concebía que podía dar lugar a nacimientos de hijos con piernas de carnero o con otras deformidades. Algo así como que la imaginación se traspasaba a la genética del feto.
La imaginación, por tanto, se ha considerado una fuente de peligo para la cultura cristiano-católica. ¿Por qué?, cabe preguntarse. 
Según mi entender, la única cuestión por la que la imaginación puede considerarse peligrosa para una cultura de la represión, el control y el autoritarismo es porque tan sólo ella puede hacer uso de la creación e invención de nuevas formas de vida que pueden poner en cuestión la cultura imperante. Es desde la imaginación, basada en la curiosidad, que sucede la pregunta -podría incluso decirse que la filosofía nace de la imaginación-. Y la pregunta es el origen del cuestionamiento, y de la liberación. La imaginación está enraizada en la libertad. Es la facultad libre del conocimiento, porque crea sin patrones ni normas.
Por tanto, un buen criterio para conocer una persona en una parte de su esencia es el concepto que manifiesta sobre la imaginación. Si se autoconcibe como carente de tal facultad, y juzga a los congéneres que la manifiestan, será con cierta probabilidad una persona represiva, reprimida y con ciertas dificultades para dejarse llevar y hacer uso de su libertad.
 

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