3 ago. 2011

Historias para Minerva XI


Las Ranas Hiparras

Érase una vez en Almería, allá cuando estaba cubierta por una gran charca, que vivía la raza de las Ranas Hiparras. Las Ranas Hiparras así se llamaban porque tenían una manera de croar única: hacían el ruido del hipo mientras hinchaban sus grandes mofletes poniendo la mueca de un morrito gordito.
Almería era una tierra húmeda, donde cada rana tenía en toda su vida 57 millones y medio de hijos. Los hijos de las Ranas Hiparras eran renacuajitos chiquititos chiquititos que ya hacían sus pequeños hipitos, y luego se transformaban en las Ranas de grandes mofletes.
Un día vino un calor muy grande muy grande, y con tanto calor se evaporó el agua. Y se hicieron unas nubes muy grandes y blancas llenas de agua. Y un paisano se acercó a la charca, ya más pequeña, y contó los renacuajitos. -¡Zeñó, pero zi noz faltan 57 millonez y medio de renacuajitoz!
Sí, ya no estaban porque se fueron con el agua evaporada a las nubes grandes y blancas llenas de agua. Cuando, de repente, vino un enorme viento, y las nubes viajaron y viajaron a 300 km/h. hasta llegar a la ciudad de Albacete.
Allí vivía Minerva la bebita. Minerva la bebita estaba durmiendo tranquilita en su Maxi Cosi, alias huevo supersónico, con el cual, cuando se ponía su chupete de astronauta, pilotaba hasta el espacio sideral. Y de repente comenzó a tronar. Minerva, asustada, se puso a llorar y se escondió debajo del huevito. -"¡Oh, no! ¡Ha llegado el fin del mundo! -dijo-. Pero si yo sólo llevaba aquí cinco días y estaba de maravilla comiendo y cagando a mis anchas..."
Salió despacito de debajo del huevo supersónico, y se asomó tímida a la ventana. Y allí estaba, la gran tormenta, pero... "¿Qué es todo eso?"-pensó. ¡Sí!, ¡había llegado la lluvia de 57 millones y medio de Ranas Hiparras a Albacete! Y todo el suelo estaba lleno de ranas haciendo su hipo con grandes mofletitos mientras saltaban con sus ancas. 
Así, salieron todos los vecinos a ver a la nueva especie de ranas que había llegado a instalarse a Albacete. Y Minerva, con el ceño fruncido y un poco cara de Tofu, dijo -"¿Por qué no me hacen caso las personas desde que han llegado todas estas ranas?". Y seguidamente tuvo una brillante idea: "Iré a conocer a la Ilustrísima Dona Rana Hiparra Mayor para que me enseñe los dotes que llevan a hacer tales hipos".
Así, se subió a su huevo supersónico y en una milésima de segundo llegó al centro de la sartén de la Feria, donde tenía el trono la Ilustrísima Doña Rana Hiparra Mayor. 
-"Quisiera pedir audiencia con la Ilustrísima Doña Rana Hiparra Mayor" -dijo.
-"Siéntese en la silla frente al trono de nuestra reina" -le contestó una rana bastante burguesa.
Y así lo hizo, se dirigió hacia la silla, puso sus patitas colocadas para la conversación y dijo.
-"Ilustrísima Doña Rana Hiparra Mayor, he venido para que usted me haga de maestra en las artes del hipo de Almería".
Se hizo el silencio. La Rana Hiparra Mayor, con su dedo entremetido en la boca estaba pensando. Al cabo de unos minutos dijo: -"Nunca antes un humano había solicitado tales requerimientos propios de nuestra raza. Es usted muy valiente, Minerva, pero aprender a hipar no es una tarea fácil. Deberá quedarse conmigo unos meses en los que haremos ejercicios de concentración hasta que sepa ascender al Nirvana, allá donde se encuentra la receta del hipo". 
-"¿Tanto tiempo? -pensó Minerva la bebita. Y es que, ¡ay!, a ella no le gustaba nada nada esperar. Quería todo ya. 
Pero, mira, así es la vida, así que Minerva se quedó con la Rana Hiparra Mayor durante todo ese tiempo. Nadie sabe qué ejercicios de concentración hicieron -todo fue un secreto de sumario que ni el juez de la audiencia nacional podía desvelar-.
Todos los vecinos de Albacete esperaban inquietos. ¿Lo conseguirá? ¿No lo conseguirá? Tanto que hacían apuestas en los bares mientras jugaban al dominó. 
Y así fue, ahí llegó el día, Minerva la bebita, montada en su huevo supersónico, salió de la sartén de la Feria. Una cámara de video de la televisión de Albacete se acercó a ella... No tan sigilosamente. Ella se hacía la interesante, se ponía una mano sobre la cara para que no la viesen, daba unos pataleos, remoloneaba de múltiples formas hasta que.... ¡Ya llegó! HIP HIP HIP Minerva hipaba como la raza de Ranas Hiparras inflando los mofletitos y poniendo su morrito.
¡Bien! ¡Bien! Todo Albacete aclamó a Minerva. Y ella miraba de reojo orgullosa. -"¡Por fin vuelvo a estar en el centro del noticiario local! ¡Yuuuupiiiii!".



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