31 jul. 2010

Fragmentos fronterizos XXXIV




Cada tarea de la vida requiere un empeño. Abrazamos el filo de algunas sin apenas cortarnos ni entregarnos. La ética occidental es como una abeja. Liba de flor en flor a su libre albedrío. En el momento en que algo se torna incontrolable, hace uso del aguijón y el objeto sobre el que se actúa se torna presa. Es una ética preventiva de poder en la que la libertad del individuo se asocia con la ruptura de todo lazo. Todo aquello que implica una responsabilidad se concibe como camino tortuoso.
La ética japonesa implica un largo viaje. Es una ética de concentración. Entre las tareas o caminos (道) se elige uno. Cualquier acto es un recorrido: la escritura, el cuidado de un jardín, la crianza, la decoración de una casa, la música. Toda tarea implica una entrega total y una dedicación cuidadosa al objeto sobre el que se actúa. El individuo, a través de diferentes fases de conocimiento, alcanza a llegar al punto de unión perfecta entre sí mismo y el objeto sobre el que actúa. Es en ese momento en el que se torna libre. La libertad es poder llegar a la armonía perfecta entre el yo y lo que le rodea. En este sentido, la ética japonesa es como una hormiga. No existen barreras. El ataque es selectivo. Cualquier dolor no es digno de un final categórico. La insistencia, la resistencia, el cuidado y amor al objeto sobre el que se actúa se sabe llevará a tal punto de unión armónica.

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