17 abr. 2011

Fragmentos luminosos XXVIII


Color Amatista

El cerebro humano tiene una doble naturaleza. Por un lado, es un órgano esponjoso. Todo lo absorbe llenándose de la experiencia. Lo novedoso es ímpetu de tal naturaleza, y su acto es la sed.
Por otro lado, es un órgano tendente a petrificarse. Busca estructuras -por ejemplo el lenguaje-, busca costumbres y tiende a pensar las cosas siempre de la misma forma. Lo conocido es ímpetu de tal naturaleza, y su acto es la saciedad.
El paso de la niñez a la edad adulta no es más que un paso de predominio de naturalezas. El niño busca beberlo todo. En él se atisba el nombre de lo insaciable, del movimiento, de la lucha. El adulto, por contra, busca no tener que beber más, porque cree haberlo probado todo. Y así se queda con lo que más le ha gustado -de entre lo que ha probado-. En él se atisba la quietud, la asunción, e incluso la derrota.
Sobrevivir a la vida implica poder compaginar ambas naturalezas del cerebro. Quien da sólo cabida a la capacidad esponjosa, olvida los necesarios rituales consuetudinarios, y se pierde en el caos. Quien da sólo cabida a la piedra, acaba por vivir una muerte cerebral antes del día de su muerte física.
No obstante, si se diese a elegir sólo una de las dos naturalezas, cual Rilke, preferiría salirme del camino establecido para llenarme de la experiencia. Preferiría buscar nuevas lenguas que destruyan las limitaciones impuestas por el arraigo cultural de los conceptos. Preferiría hacer hecho formas fronterizas de relaciones humanas. Preferiría habitar la cárcel cotidiana para mostrar que existe ese recodo por el que escapar con un pequeño serrucho pirata. Preferiría lamer la incertidumbre de navegar una barquichuela, antes que habitar la eternidad de un crucero anclado en el lugar asequible cerca de un reconocido puerto. E incluso preferiría la mirada del ojo público -a mi culo al aire-, antes que el autoengaño de obedecer a lo que socialmente se impone como precepto del bienestar.

2 comentarios:

Pedro Carrión dijo...

Yo añadiría algo más, de acuerdo con Foucault: no elegimos libremente lo que probar o no probar sino que, socialmente, se nos impone una forma de pensar y de sentir la vida. Cuando le cuentes a alguien que los fines de semana te gusta pasear por la montaña, te preguntará: ¿Quieres decir que haces senderismo? Sí, contestarás, y te dirá: Bueno, trekking (porque pensar en castellano es ya de provinciano) ¿Y has participado en alguna competición? La verdad es que no. Pues apúntate hombre.. En resumen, nos enseñan a pensar con unas pocas categorías y de acuerdo con la idea de que tienes que ser COMPETENTE en aquello a lo que te dediques, incluso en tu tiempo libre, pues, de lo contrario, tiene muy poco valor o ninguno lo que haces: Welcome to the capitalist word, baby.

Nieves Soriano Nieto dijo...

De nuevo reivindico el gesto de mostrar el culo a lo que, de esa ética capitalista que nombras, nos trate de hacer mercancía.
Podrán imponernos todo -al estilo que critica Foucault-, pero nunca podrán mínimamente tocar la libertad de las ideas.