22 abr. 2011

Fragmentos luminosos XXX


La santificación de la escritura en papel

Denme ya mi alternativa

A la hora de reflexionar sobre la moda o los cambios de costumbres en el ser humano, habríamos de considerar sencillamente dos factores: el espacio y el tiempo.
Cualquier biografía de nuestra cultura, que se instala en la lógica de la propiedad privada, va acumulando, con el paso del tiempo, una cantidad de objetos materiales que hacen que el espacio vital del sujeto se expanda cada vez más lejos de los límites de su cuerpo. En ese sentido, la reducción del espacio es un bien preciado, es decir, lograr poseer las mismas cosas, pero más cerca de nuestra piel. Fíjense que incluso el amor se piensa ahí dentro, dentro, dentro, lo más cerca de nuestra piel. Aquellas nuevas pautas de comportamiento que hacen que el ser humano logre reducir su espacio vital sin renunciar a sus pertenencias, son objeto de asunción y de cambio.
También ocurre con el factor tiempo en nuestra cultura. Cuanto más velozmente sucedan las cosas, más cosas podremos hacer, vivir, crear, poseer en forma de experiencia. Así, Todas aquellas nuevas formas de comportamiento que reducen la laxitud del tiempo, acaban por asumirse y ser objeto de cambio biográfico.

Johannes Gutenberg, en pleno siglo XV, creó el primer taller de imprenta. Su gran objetivo sería lograr hacer una copia de la Biblia en menos tiempo que el empleado por un escriba. Y así fue, con su creación logró dar fin a la ardua tarea de los amanuenses. Se instaló en el factor tiempo. Dejando el factor espacio en su misma posición. Es decir, los libros ocuparían lo mismo, pero se fabricarían más rápido. Gran revolución que democratizaría más el acceso al conocimiento y la distribución del mismo, y que no se pudo evitar asumir ni por parte de los más conservadores.

Internet, a finales del siglo XX, ha creado la posibilidad de optar por la lectura y la escritura con el mismo factor de tiempo que el de Gutenberg, pero reduciendo el espacio. Ahora es posible producir libros y leer sin necesidad de ocupar más espacio que el de un ordenador portátil. Es más, la revolución ha ido un paso más en la democratización radical del conocimiento. Ya no es necesario seguir pensando la jerarquía del mismo a través de la divinización del papel. Escritor a día de hoy es toda aquella persona que escribe en la red y que recibe, de manera libre, elegida y accesible para todos, visitas (feedback) por parte del público.
Sin embargo, según el esquema interpretativo de Thomas Kuhn, en tanto que estamos en proceso de tránsito de un paradigma a otro, todavía nos resistimos a reconocer el nuevo modelo tanto de escritor como de lector libre. Todavía seguimos pensando que todo aquello que se publica en papel tiene un valor mayor que lo que se publica en la red. Es decir, todavía seguimos pensando que la calidad de la escritura la da la dificultad para publicar -por ejemplo, que tenga que pasar por un comité de expertos que elijan si publicar o no-, y no la respuesta del público -si el escritor gusta, se lee, y, si no, no se lee-. En suma, seguimos pensando que lo importante es pasar por un camino de iniciación en el que una serie de sabios nos deben "dar la alternativa", antes que brindar importancia al lector mismo. ¿Escribimos entonces para unos jueces, o para el lector? Más aún cabe sospechar de este paradigma si consideramos que a fin de cuentas la sabiduría de los que eligen qué publicar viene marcada por dos factores:
1. Si es un libro cuyo fin es que obtenga ventas para ser rentable -y dar dinero a la empresa que publica-, aceptamos que nuestro juez sea convertir la letra en mercancía.
2. Si es un libro financiado por instituciones públicas o por editoriales que adquieren subvenciones, a fin de cuentas aceptamos el sistema generalizado de corrupción que acaba por publicar a los amigos de amigos, a los cuñados, primos, resobrinos, o a los premiados en concursos en los que a priori se sabe quién va a ser el ganador.

Es decir, ser escritor hoy día todavía cabalga en el límite del paradigma que, obviando al lector, sigue defendiendo la jerarquía y la poca accesibilidad del conocimiento. Sin embargo, querid@s, y me incluyo a mí misma, tendremos que acabar por aceptar que escribimos para poder ser leídos, y no para dificultar la lectura en pos de ser aceptados por una élite de "elegidos".

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