30 nov. 2011

Fragmentos luminosos CIV


El código samurai y el principio de no agresión

Existe un principio ético fundamental que, desde mi punto de vista, ha sido sesgadamente interpretado por los grupos ideológicos de poder del liberalismo, pero que podría dar lugar a interpretaciones mucho más amplias y hermosas. Este es el de no agresión.
El principio de no agresión dice que la base ética de las relaciones entre personas sólo debe ser una: "Nunca nadie debe agredir o violentar a nadie". La interpretación liberalista del mismo focaliza que se entiende por agresión una invasión violenta del territorio de una persona -tanto su cuerpo como su propiedad-, y así ha dado lugar a posiciones en las que las consecuencias radicales han sido la negación de la necesidad de las leyes -salvo las fundamentales-, así como la negación de la necesidad de la estructura del Estado por considerarse impositiva. 
Pero tales interpretaciones macroestructurales no creo que sean las fundamentales, sino aquellas que llevan a mejorar, en la base de la microestructura, las relaciones humanas de tú a tú. Porque si las relaciones humanas mejoran, evidentemente mejorará la estructura de la familia, de la sociedad, y, por tanto, del Estado.
Entiendo que el principio de no agresión debería ser la base de las relaciones interpersonales de todo tipo, tanto de pareja, de filiación, de amistad, laborales... Desde mi punto de vista, deberíamos considerar la agresión en el sentido amplio del término. La mayor parte de las agresiones que ejercen personas contra otras personas no son ni físicas -violentación del cuerpo- ni territoriales -violentación del espacio privado-, sino psicológicas -violentación a través de la pretensión de poder, dominación, humillación, desconsideración o chantaje emocional todos ellos conscientes-.
Es decir, la base ética del individuo debe ser el no agredir a otro y ser lealmente fiel a los que optan por no agredir a uno y a los suyos, es decir, por quien opta por amarlos. Pero esto no cabe confundirlo con el pacifismo. Esto es, el principio de no agresión no defiende que en caso de agresión contra la propia persona el ser humano se quede quieto, sino que actúe para defenderse de la agresión de la forma que sea necesaria, sin perder la educación, para defender la dignidad que se le pretende arrebatar y darse a sí mismo y a los que reconoce como de su ser un respeto.
Así pues, a la violencia se responde con los medios asertivos y elegantes que sean necesarios para que las cosas regresen a su lugar de origen, es decir, al pacto de no agresión, por ende, a la paz pactada. 
Lo más interesante de ese principio, desde mi punto de vista, es que a fin de cuentas, estando puramente anclado en la cultura occidental contemporánea, bebe en gran parte del código ancestral del Bushido o la ética samurai del Japón.
Si recuerdan los siete principios de la ética samurai pueden ir haciendo ustedes los parangones: 
1. Rectitud (honradez hacia el otro y ejercicio de la justicia personal).
2. Coraje
3. Benevolencia (como base de su acercamiento en las relaciones humanas)
4. Respeto (un samurai no es cruel y trata con educación hasta a sus enemigos)
5. Honestidad o sinceridad absoluta.
6. Honor (Autorrespeto)
7. Lealtad (veneración a los seres humanos que reconoce como de su ser por encima de sí mismo).

De aquello que no sepan, busquen las raíces en Oriente.

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