2 nov. 2011

Fragmentos luminosos ICVII


Reconocerse II

Me gustaría en este escrito hacer una defensa radical de las emociones como opuestas a las razones, a la hora de aproximarnos a las circunstancias de la vida propia y a los otros.
La RAE define emoción como "alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática". Definido así, en tanto que se consideran pasajeras, y en tanto que conmueven al cuerpo sin control consciente, no es de extrañar que en nuestra sociedad, de corte cultural católico, se condenen las emociones y se enseñe al individuo a evitarlas o escapar de ellas. ¡Quién quiere ponerse rojo frente a la persona amada! Ergo, evita a la persona amada. ¡Quién quiere sentir las taquicardias de un intenso amor! Ergo, evita amar intensamente. ¡Quién desea vivir la felicidad de una buena noticia si es fugaz! Ergo, evita conmoverte en exceso por las buenas noticias.
Éste es el condicional que construye nuestra cultura en base a las emociones. Así, vivimos constantemente alerta para no emocionarnos, porque lo consideramos una acción peligrosa.
Pero, en tanto que en los términos yace la cultura, analicemos el origen de la palabra emoción. En latín "Emotio" procede del verbo "Emovere" (e-movere), que significa desalojar, mover de un sitio a otro.  Es decir, la "Emotio" es aquel impulso que nos lleva a la acción.
La emoción, desde el punto de vista psicológico, es una alteración del sistema nervioso autónomo y endocrino que nos permite responder de forma más efectiva ante una situación. El miedo nos hace poder escapar del león. El amor nos conduce hacia una persona sin cuestionarnos nada o a tener un hijo sin pensar. La tristeza nos aleja de ciertas situaciones o personas. La alegría nos acerca a otras. 
Si para amar tuviéramos que estudiar detalladamente las razones de por qué amamos a esa persona, o los convenientes e inconvenientes de amarla, no existiría el amor.
Si para escapar del león tuviésemos que pararnos a pensar las razones de si es conveniente que se escape, y cuál sería la mejor opción de escape, nos acabaría comiendo.
Si para alejarnos de las personas que nos provocan tristeza tuviéramos que pensar las razones por las que debemos alejarnos, acabaríamos machacados sentimentalmente.
Si para tener un hijo tuviéramos que estudiar todos los pros y los contras de tenerlo, acabaríamos por extinguir la especie.
Es decir, la efectividad de la emoción de cara a la acción es el tiempo. El tiempo rápido es el que necesitamos para poder responder ante situaciones fundamentales de la biografía para no perder el tren de cada cosa. 
¿No sería mejor olvidar los condicionales emocionalmente represores y cambiarlos por afirmaciones de los impulsos arraigados en la acción? 
¿Son acaso pasajeras las emociones? ¿O más bien es pasajero el estado de la emoción concreta, pero de cara al objeto es duradera en tanto que se repite? Es decir, ¿aman sólo durante cinco minutos o aman a una persona largo tiempo, incluso una vida? ¿Aman a un hijo sólo cinco minutos o van sintiendo ese amor emocionalmente durante toda una vida? ¿Las personas que les producen tristeza o repulsión sólo se las produce durante cinco minutos o durante toda la vida? ¿Sólo tienen miedo al león durante cinco minutos o toda una vida?
No se engañen, el cuerpo, sus impulsos y emociones son la única brújula que tenemos los seres humanos para caminar la vida.

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