5 feb. 2007

Noa Noa


Noa Noa caminaba por la orilla de aquel río, dedicando de vez cuando, con un pequeño gesto de su pié, alguna caricia al agua dulce que corría, sintiendo entusiasmada cómo a veces los inmensos salmones de Tahití acariciaban su piel. Con sus ojos abiertos por la curiosidad, como aquella de las figuras femeninas egipcias, giraba su rostro mirando cómo Paul Gauguin tallaba el pórtico de su pequeña cabaña cercana a la playa.
Paul inspiraba las formas del cuerpo de las mujeres de madera en el cuerpo de Noa Noa, y esculpía, día tras día, desde el amanecer, rodeado de los libros de Aristóteles cada vez que con su mano erguía de nuevo el cincel para hacer salir de entre las marcas de vejez de aquellos troncos la forma exacta del ombligo de Noa Noa.
Y Noa Noa corría y correteaba desgastando todos los rincones, a la búsqueda de esa nueva hoja de ese nuevo color que le faltaba por observar. En su cuaderno lo iba anotando todo, sí, era observadora, naturalista, y se preguntaba cada una de las preguntas que pueden plantear las posibilidades del lenguaje. También dormía junto a los libros de Aristóteles. Ella tenía la techné de la que Paul hacía uso en su escultura cuando creaba nuevas formas con las ya existentes, como cuando dedicaba cada segundo a hacer con cada hoja una nueva figura de papiroflexia, aquella techné que guiaba la mano de Gauguin cuando alcanzaba un pincel y un poco de óleo de su paleta, sin embargo ella acariciaba algo más que iba aprendiendo cada día, y aquello era lo que fascinaba, su sed de conocimientos nuevos la hacía beber imperturbable todo el agua de sus manos, sin dejar que una sola gota se escurriese entre sus dedos, sin dejar una que no fuese absorbida, y que no la hiciese crecer un poco más por dentro. Ella tenía lo inefable, aquello que ni siquiera los trazos de Van Gogh pudieron llegar a cincelar en su escultórica pintura.

2 comentarios:

Rosa dijo...

Gracias por esas palabras, por esos sonidos, por esas silabas que hacen soñar a la mente marchita, que hacen volar con alas de utopía a los brazos dormidos, gracias por hacer viajar a rincones soleados donde reina la armonía.
Muchas gracias.

Investigando por internet y gracias a las ganas de conocer que me enseñas descubrí este pequeño escrito que por tu simpatía te relato:

“¡El silencio! Estoy aprendiendo a conocer el silencio de una noche tahitiana.
Yo no oía más que los latidos de mi corazón, en medio del silencio.
Pero los rayos de la luna, a través de los bambúes de mi choza, todos a la misma distancia entre sí, venían a jugar hasta mi mismo lecho. Y esas claridades regulares me sugerían la idea de un instrumento musical, la flauta de los Antiguos, que ellos maorís conocían y que denominaban vivo.
La luna y los bambúes dibujaban esta flauta, exagerándola: tal como un instrumento silencioso durante el día y que por la noche, en la memoria, y gracias a la luna, repite al soñador los aires queridos. Con esta música me dormí.”(palabras de Gauguin)

Extraído de esta pagina un fragmento de Noa-Noa el manuscrito que Gauguin en Tahití escribió encandilado por las gentes por los colores, el aroma, el sonido de las palabras ocultas y los distintos pensamientos que en su belleza se mezclan con el conjunto de la humanidad formando ese magnifico rompecabezas que somos todos

http://www.elnavegante.com.mx/rev05/paul_gauguin.html

Nieves dijo...

Sencillamente genial escuchar en el silencio cómo se componen los latidos del corazón a través de ese instrumento exótico que recuerda a los antiguos. Los latidos que son música, que se pasean entre el afuera y el adentro de lo que somos, siempre con un yo y con un nosotros.
Es muy emotivo todo lo que rodeó el viaje de Gauguin, esa fascinación por aquellas mujeres de caracolas en el cuello. En el Musée d'Orsay está esa puerta de la cabaña que talla en el relato Gauguin. No hay mayor obsesión que la de los ombligos, como el de Noa Noa.
Es fantástica esa revista mexicana que no conocía. Muchísimas gracias por tus curiosidades, Rosa