10 may. 2011

Fragmentos luminosos XXXVIII


Color Azur

Un día uno se levanta y ya no es el mismo. No es la suerte de un suceder espontáneo. Acontece cada día, durante el tiempo orgánico de la vida. Pero un día ocurre que uno es consciente de ello, quizás frente a un espejo. Algunos pensaron en la historia de la literatura tal hecho como dramático. Recuerden la cucaracha en la que acabó convertido el Gregorio Samsa de la Metamorfosis de Kafka. La metamorfosis para el pensamiento de Viena fin-de-siècle fue como ese espejo fragmentado del propio yo que  incluso dejó a Hoffmansthal en silencio. Sin embargo, el día en que uno se hace consciente de ello se pregunta si es necesario pensar, como lo ha hecho la historia de la literatura reciente, el cambio como algo tan dramático. Si los griegos vivían el mundo del Olimpo con algunas gloriosas metamorfosis. Recuerdo que de los dientes de un dragón nacieron los Spartai, fieros guerreros. 
Un día uno se levanta consciente de haber comenzado a vivir de otra forma. De la dispersión pasa sorprendentemente a la concentración. De la velocidad a la pausa. Del amor a las emociones pasa a emocionarse con el amor. Cambia el cambio por ese constante paisaje frente al que meditar. El bollo por la fruta, la cerveza por el agua, el exceso de palabras por el silencio. Y recurre siempre a las mismas y buenas personas. 
¡Cielos! ¿Quiénes somos? ¡Qué gran golpe a la identidad! Sin embargo, obviando citar culturalmente desde la tragedia, uno se percata de que pensar el tiempo orgánico de la vida como trágico no es más que una forma de no abrirse a la feliz experiencia de comenzarse y tolerar verse haciendo lo que nunca imaginó como posible en su ser. Porque el ser es un concepto excesivamente rígido para el humano.

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