9 oct. 2011

Fragmentos luminosos LXXXVII


Lección XIV para una samurai

El bebé es puro instinto. Su vida queda atravesada por la necesidad. Cada tres horas desea comer, y, si su deseo no es satisfecho de inmediato, lo convierte en una tragedia. No entiende de la espera. Es decir, no comprende que es la espera la que le lleva a una leche calentita más deliciosa.
El adulto también es instinto. Su vida queda atravesada por la necesidad. Cada cinco horas desea comer. Sin embargo, con hambre, es capaz de elaborar su alimento, porque proyecta hacia el futuro y entiende que en esa elaboración es donde se halla la calidad. Es más, puede, incluso con hambre, elaborar el alimento para otros, ya que comprende que, en la espera, es posible asegurar no sólo su supervivencia, sino la de los que reconoce como de su comunidad.

Es ahí donde se halla la sabiduría. En recorrer el camino que lleva a no desear satisfacer de inmediato el deseo, sino a sublimarlo en pos del tiempo que sea necesario como para luchar por un futuro más hermoso. Esto es, los actos del adulto sabio no están guiados por su instinto, sino por la confianza. Esa confianza a ciegas en aquello que cree es lo que tendrá más calidad para su deseo y el de los seres que reconoce como de su comunidad.

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