7 nov. 2014

Tew Bunnag. X Jornadas sobre la Muerte y el Morir. Elche



Estos días se han celebrado en el Hospital del Vinalopó en Elche las X Jornadas sobre la Muerte y el Morir. En ellas ha dado una charla Tew Bunnag, maestro de Tai Chi y meditación que se dedica a acompañar a la gente que va a morir y a sus familiares o cuidadores. Un sabio con gran experiencia a nivel personal con la muerte -relataba que cuidó a su madre con Alzheimer durante siete años y a su primera mujer que murió de cáncer de mama-. A su vez, ha trabajado como acompañante en hospicios en Tailandia -su tierra natal- con enfermos de Sida y niños con enfermedades terminales. Es un señor que transmite gran sabiduría, que ha visto, ha mirado, ha pasado cada emoción y ha salido de cada experiencia más avezado. 
Tenía gran curiosidad de escucharlo en vivo y la verdad es que ha sido muy alentador. Llevo una temporada pensando que he de prepararme para esa etapa de la vida que llega a casi toda persona en la que debe cuidar a alguien enfermo -generalmente a los padres-, y en la que uno pasa de ser el cuidado a ser el que palia. Pero las palabras de Tew no sólo sirven para prepararse para esa etapa, sino para afrontar cualquier etapa. 
Habló de la diferencia entre cuidar dejando arder el corazón y quemándose rápido con la circunstancia y cuidar cual "funcionario" cumpliendo un papel sin entregarse de corazón. Abogaba, como era de esperar de un sabio, por el término medio: abrirse, darse, sin quemarse. Es la única forma de que tanto el enfermo como el cuidador resistan tal etapa en ocasiones triste y dura con bienestar y "salud". Y a mí me hizo enlazar directamente con mi trabajo. Recuerdo todavía cuando empecé a trabajar con la pasión de un Ícaro. Fue en el IES Nit de l'Albà. Tanto me entregaba, que ardía rápido. De ahí pasé a una etapa de distancia deshumanizada con los alumnos -coincidió con mi etapa en un instituto, el IES Misteri, donde se abogaba por ese tipo de profesor-. Sin embargo, desde dos años a esta parte he sido capaz en general de abrirme humanamente a los alumnos -con unos más y con otros menos, evidentemente-. Entrar a clase y preguntar cómo están, cómo se sienten. Y vienen a contarme algunos problemas de sus enfermedades o de sus angustias adolescentes. Al principio de mi apertura humana a ellos me sorprendía y me daba miedo -porque no es normal que a un profesor se le cuenten las enfermedades que uno tiene o angustias-. Sin embargo, cuando acepté que era la forma para mí aceptable de estar en el mundo como profesora, sin deshumanizarme, he visto que es algo muy hermoso. Porque ante todo somos personas, antes de papeles en blanco a los que imprimir unos conocimientos que antes o después se olvidarán. 
Quizás sea eso, sí, llegar al término medio entre la indiferencia y la entrega máxima. Ojalá la enfermedad y la muerte de mis familiares me alcance preparada en ese término medio, porque humanizarse en una sociedad deshumanizada es el gran reto y es el camino para alejarse de la oscuridad.

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