23 dic. 2010

Fragmentos digeridos LXIX


El regreso a casa

La carretera que recorre desde Alicante a la Mancha es metáfora de la vida. Las tierras alicantinas están llenas de estímulos, con ciudades altamente pobladas, fábricas, curvas, camiones, caminantes veloces. Es como la niñez, en la que se agradece la sobrestimulación para aprenderlo todo y comérselo sin apenas dar tiempo para digerirlo.
Pero desde el momento en que uno se adentra en la Meseta -allí llegó el conocido cartel "Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha. Provincia de Albacete"- todo cambia. Como páramos con una encina y una pequeña caseta, aparecen campos desiertos con el horizonte al alcance de la mirada, pequeños pueblos despoblándose, un universo rural, líneas rectas y paseantes de caminos. En ella todo está digerido. El silencio, el no suceder y la austeridad son la cumbre de la mayor parte de los días. Curioso que cada vez uno encuentre una mayor felicidad en los días en los que afortunadamente ni en una sola ocasión se nota el latido del corazón a nivel fisiológico.
Ello siempre me trae los recuerdos de El Salobral, el pueblo de mi abuela materna, y los veranos en los que al fresco sonaban pasodobles en la noche, en los que íbamos a rebuscar ajos o a coger los caracoles que, despistados, salían cuando regaban el maíz a las 6 de mañana, pensando que se trataba de la venida de lluvias tropicales. Embarrándonos, embarrándonos hasta las rodillas sin cuestionar ni un momento nuestra condición de tierra, naturaleza y animal.

2 comentarios:

Julia Soriano dijo...

Enhorabuena, un texto admirable que me ha dejado con una sonrisa de orgullo dibujada en la cara.
Enhorabuena hermana.

Nieves Soriano Nieto dijo...

Gracias, preciosa, gracias. Besos a la patatita recocidita, saltarina y yoguística.