21 dic. 2010

Fragmentos digeridos LXVII


Mari Pili en el confesionario

¡Santa Madonna! ¿Ahora me dice usted esto, después de haberme dicho hace cinco minutos aquello otro? ¡Qué fatiga! -decía Mari Pili al cura en el confesionario-. ¿Me está diciendo que debo mostrar mi fe hacia Dios y pasar las siete pruebas de Astérix, estar veinte años navegando mares hacia Ítaca, atravesar el muro de Israel sin saltarlo, rezar rosarios cada semana, y procurar tener absueltos la lista de los 25 millones de pecados?
¿Y que, a pesar de todo ello, será él quien tendrá la última palabra de si me acepta en su tribu urbana o no sólo al final de mi vida, cuando ya esté fatigada de tanta prueba? Es más, ¿que, si no lo hago, tengo un problema de muestra de mi pasión por Cristo?
Me da a mí la ligera impresión de que este Dios no quiere humanos, sino súbditos.
Discúlpeme, señor cura, pero decididamente deseo hacerme una proscrita atea de su religión.

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