23 dic. 2010

Fragmentos digeridos LXX


Mujeres ángeles

Las cuatro paredes de esta casa recuerdan siempre, como una bella melodía que nunca se borra de la memoria, a Adela. Adela era la abuela de la vecina de enfrente, que era una gran amiga. Adela vivía en Valencia, y venía en las Navidades y en los veranos a pasar una larga temporada al edificio que en el corazón lleva su nombre. Me encantaba esa mujer, cegada con los años, inmensamente culta y gran lectora con lupa. Siempre admiré el optimismo que transmitía, la luz, la felicidad. Hacía soñar a sus interlocutores para proyectar el propio mundo de los deseos. Para ella, todo era posible si se deseaba inmensamente y se luchaba por ello.
Durante largos años, dedicaba dos tardes de la Navidad y seis tardes del verano a hablar con Adela. Iba a visitarla y a escucharla. Me gustaba de ella su gran sabiduría a la hora de abordar los asuntos de la vida. Cuando me hablaba, sentía cómo mis ojos se hacían grandes y grandes y no deseaban parpadear para no perderla ni un segundo de vista. Cualquier segundo perdido de observar a Adela podía llevar a perderse muchas cosas, sobre todo sus pequeños y sutiles gestos de gran dama.
Recuerdo todavía la última vez que estuve con ella. No sé por qué, pero tenía la ligera intuición de que ésa sería la última vez que nos veríamos. Estaba apagándose cada día desde hacía un tiempo. Recuerdo esa Navidad en la que Adela ya apenas veía, y estuvo tocándome el brazo durante toda nuestra conversación. Tocándomelo como un médico puede palpar. Como presa del deseo de aferrarse a algo sensitivo para ser consciente de estar teniendo una experiencia.
Recuerdo unas palabras que hacen eco en la memoria. "Nieves, en la vida uno se da cuenta de que finalmente lo que importa de las personas no es ni la ideología, ni la religión, ni la forma de vestir, sino que sean buenas personas". Me dejó pensativa. Aunque a mis 25 años todavía no era capaz de comprender el valor de tal afirmación, me dejó pensativa.

Ahora, cuatro años después, observando ese pasado al que uno echa la vista atrás sólo cuando empieza a tener cierta edad, me doy cuenta de la fortuna que tengo, siguiendo las palabras de Adela. En la vida han comenzado a brotar lo que oso llamar mujeres ángeles. Ángeles no porque sean pura bondad beata, sino porque mostrando su capacidad de morder y sus heridas, cuidan de las personas y requieren ser cuidadas con gran delicadeza. Ángeles porque aparecen así, como salidas de la nada, justo en esos momentos de la vida en los que más se ha necesitado una intensa presencia. Esos ángeles en mi biografía coinciden al ser mujeres y fraternas amigas a las que este año quisiera dedicar mi felicidad y gratitud.

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