8 ene. 2011

Fragmentos digeridos LXXIX


Ética para navegantes con timón y sin brújula

Cuando hayamos sobrevivido a teorías de normalización de todo tipo, a cánones sociales y patrones culturales, a conceptos que -ya lo decía Hans Blumenberg a propósito del Romanticismo-, como manos de hierro, se imponen al jardín del corazón del ser humano. Cuando hayamos logrado, rompiendo las pesadas dosis de la teoría kantiana en paseos por Könisgberg, pensar, conocer, amar, sentir, desear, compartir, dar sin a priori. Cuando hayamos logrado surfear olas de superestructuras desde la frontera. Habremos alcanzado la sabiduría. Entonces no existirá el miedo. Tendrán que horadar la bondad, depedazarnos leones marinos, pervertir la sintaxis del universo, borrarnos el rostro a pinceladas. Y aun todavía, si quedase en nosotros un mínimo hálito de vida, seguiríamos izando la bandera de esa barquichuela camino a la libertad de espíritu. No sea porque allí alcancemos a ver Utopía. Sino porque es feliz el navegar, incluso en épocas de tormenta, cuando los actos de la vida coinciden con las ideas.

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