6 nov. 2009

Fragmentos Romanos. Nieves Soriano Nieto

La ceniza


Abro los párpados. Es de mañana. La luz invade mi retina. “Tristes vertidos” –pienso. Y deseo vivir y vivir más. Olvidar y olvidar más. Me miro. Ya no soy quien era. O soy lo que tantos otros somos. Nos hemos convertido en consumidores de experiencias. El mundo tiene prisa y yo fumo personas. La ceniza cae en mis muslos cada vez más viejos. Un día no podrán caminar. Entonces meditaré sobre aquellas alas que rompí a patadas.


Yo soy armadura


A ciertas alturas nos acostumbramos a vivir con el YO. Nos discurren sobre el individuo. Nos exprimen con sentimientos. Acabo de creer que vivo en un agujero oscuro. Allí nadie osa llamar. Y ésa soy, feliz –pienso. El zulo empequeñece. Más, un poco más. Hasta que mi piel se torna armadura. Triste, efímera, ya nadie la volverá a tocar.


Adio querida


En la cima de la montaña parece no llover. Sin embargo, es humedecido el habitar constante de su rastro. Las nubes nos son cercanas. Gotas de lluvia que apenas pueden recorrernos, pero ahí nos moran, donde el ojo no alcanza a ver, donde obviamos la existencia del recuerdo. La tarde invoca la calma. Desde allí, lejano, llega el sonido de una viola. Adio querida. La carne se vierte. Brotan humedecidas las cicatrices de la memoria. Recordamos todos las piezas quebradas que componen el “nosotros”.

2 comentarios:

Pilar Turiso dijo...

Querida Nieves.

Te dejo unos bellos versos de Celaya.

Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
"Estaba justamente pensando en ir a verte."
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?

Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarse en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?

Un abrazo.

Nieves Soriano Nieto dijo...

Pilar, me has emocionado con estas palabras de Celaya. Sí, mirarse en esos ojos sin mancha es ser feliz más allá de nuestra condición de finitud. Esta experiencia romana me está enseñando muchísimas cosas que te contaré a mi llegada, como quien habla de Jordania o de su sastre a un amigo. Y espero tus relatos de allá donde estés. Besos siempre.