11 nov. 2009

A ship to Mykonos



El Bichito se levantó un día de entre tantos otros. Deseaba comerse unas bayas Gogi, unas nueces, beber un zumo de naranja y danzar con el sabor de Susine. Bajó a la cocina con los ojos entreabiertos y los pelillos erizados -esta vez desprendían el perfume a champú de la ducha matutina-. Se sentó en su silla habitual, cerca del radiador, se puso frente a Susine y comenzó a soñar. Vio aquel barco hecho de papel, coloreado por la ilusión de aquellos sueños que son bellos, y pensó en Mykonos. Cada mañana el Bichito viajaba a Mykonos porque amaba pensar en esa isla utópica. En ella proyectaba el deseo más bonito del día, y éste iba adornando las horas en las que el Bichito luchaba por hacerse su lugar en este mundo. Ese deseo era el que hacía que su caminar siguiese siendo como sus sueños. Teresita la observaba discretamente colgada por la cola de la lámpara de la cocina, y pensaba que tal vez al Bichito le gustaría saber de Tabarca. Entonces el Bichito, sin saber por qué, comenzaba a cantar con una intensidad única aquellas canciones que le recordaban a su infancia, Adio querida o algún aria de La flauta mágica. Teresita discretamente recogía las lágrimas de su emoción y ponía en un plato la galletita de corazón partida, porque con la música del Bichito sentía que crecían unas plantitas muy bonitas que cubrían las fisuras de los corazones fragmentados.

2 comentarios:

Pilar Turiso dijo...

¡Qué bello texto y cuánta sensibilidad!
Me ha emocinado.
Besos.

Nieves Soriano Nieto dijo...

¡¡Gracias, Pilar!! Eres tan sensible... El Bichito es un ser único en su especie, y está en Roma, aunque sueña con Mykonos. Besos.