20 jun. 2011

Fragmentos luminosos LI

 
¿Disimular sentimientos?

Parece que el profesor tenga que disimular sus sentimientos, porque a una autoridad se le presupone no tenerlos, ya que esta sociedad está hecha para ocultar los sentimientos. Hemos construido un sistema de miedo a los mismos. 

Pero aquí una servidora se niega a ocultarlos. Incluso aunque ciertos sentimientos como el odio me den miedo, me niego a ocultarlos. Pienso desde mi conciencia que el ser humano es profunda y esencialmente sentimental, y que debe dar salida y cabida a los mismos como parte fundamental de su vida si quiere vivir de una forma sana. Además de que pienso que, entre los sentimientos, el Amor es el motor de la vida y el sentimiento más puro e inocente.

Así que, sí, ya ha una semana que me ronda una inmensa melancolía cuando voy a algunas clases en las que, por fuerza mayor, y siempre en las condiciones de la relación de un maestro y un alumno, se han creado afectos. Sí, un profesor no es un ogro siempre, ni los alumnos son siempre monstruitos. Hay grupos con los que se crea una relación afectuosa y grupos y alumnos que la crean con uno. Porque ambos, profesor y alumnos, tienen sentimientos. Y esos sentimientos son los universales que unen y construyen la Humanidad.

Y, sí, ¿qué pasa?, ¿para qué ocultarlo?, a una se le humedecen los ojos cuando tiene que despedirse de ciertos alumnos con los que ha estado muy a gusto. Y se le humedecen los ojos como se le caen algunas lagrimillas. Es educativo que los alumnos nos vean llorar, que perciban que tenemos sentimientos, y que observen que deben aprender a gestionar sus sentimientos, los de otros, y la interrelación de ambos.
No me gusta la educación al estilo roca en crear seres neuróticos que aprendan a ocultar y echar tierra sobre lo que sienten.

Despedirse de los alumnos con los que se entrelazan afectos a final del curso también enseña de la vida. A fin de cuentas, el trabajo de profesor enseña cada año de la vida: al comienzo  llegan a ti una media de 200 seres que tienes que conocer y gestionar, sobre los que tienes la responsabilidad de enseñar -entre otras responsabilidades-. Poco a poco te vas haciendo con ellos, como ellos contigo. Surge el conocimiento mútuo. De ahí, en ocasiones, nace el afecto, si el conocimiento mútuo se vive como feliz. Y de ahí, en nueve meses, se llega a la pérdida. Pérdida de esas también felices, porque se ha convivido con ellos. Se ha aprendido de ellos, se les ha enseñado. Pérdida que, aunque nazca de la ausencia física, no lo será cuando se observe la huella que la experiencia ha dejado en el corazón. Pero, sí, ¿qué pasa?, la vida también es pérdida -que no derrota-.
Me llamo Nieves Soriano Nieto. Llevo trabajando 4 años de profesora de enseñanza secundaria, y adoro mi trabajo.

4 comentarios:

Francisco Jarauta dijo...

Qué hermosa reflexión haces sobre esa situación más real que hipotética en la que tantas veces nos encontramos.
Has hecho muy bien hablando de ella con la franqueza y dignidad moral que te acompaña.

Nieves Soriano Nieto dijo...

Gracias, Paco. Precisamente tú, maestro y amigo.

Anónimo dijo...

Me sumo a los comentarios de los maestros y los amigos. Yo tambien creo en el valor de la pérdida, y en la llegada de la humanidad al espacio docente. Javier Moscoso

Nieves Soriano Nieto dijo...

Gracias, Javier. También maestro.